La sutil pero significativa diferencia que hace que percibamos el mundo como nirvana o que nos mantengamos encadenados al ciclo de sufrimiento del samsara

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El poeta John Milton escribió en su Paraíso Perdido: «La mente es su propio lugar, y puede en sí misma / hacer un cielo del infierno, y un infierno del cielo». La frase sugiere que la realidad de nuestra experiencia está en nuestra conciencia. E incluso las delicias de los mundos superiores y las torturas de los mundos inferiores son autoinfligidas. El paraíso, más que un mundo ulterior, es una facultad de la percepción.

El nirvana y el samsara no son del todo equivalentes al cielo y al infierno, pero de todas maneras la frase de Milton hace sentido dentro de la filosofía budista. El samsara en realidad abarca desde los infiernos a los planos divinos sin forma donde los dioses viven en un trance extático que puede durar eones, pero que, sin embargo, no es el nirvana, no es la extinción del deseo y la liberación propia de la «budeidad». Según el budismo, incluso los dioses están sujetos al karma y al ciclo de muerte y renacimiento. La razón por la que estamos sujetos a esta rueda que por definición conlleva sufrimiento (dioses, humanos, fantasmas hambrientos, animales, etcétera) tiene que ver fundamentalmente con la ignorancia. Ignorancia en gran medida de lo que Milton atisbó en la frase citada: la realidad que experimentamos está determinada por nuestra mente y las condiciones que hemos instalado en nuestra percepción. El Buda lo dijo en el Dhammapada:

Todo lo que somos surge con nuestros pensamientos.

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Con nuestros pensamientos construimos el mundo.
Habla o actúa con mente impura y los problemas te seguirán como sigue la carreta al buey ensimismado.

En estas pocas líneas se encuentra la esencia del dharma, versos que son hologramas de todo el sutrayana. Una filosofía ética extrapolable a todo tipo de circunstancia, que tiene el gran sello del Buda, quien no sólo es un lúcido moralista, sino un penetrante psicólogo (¡cosas que vienen por descontado cuando se alcanza la omnisciencia!). Partiendo de esta base, que es un conocimiento profundo de la mente, con el que se revela que nuestros pensamientos y las intenciones que los informan son los ladrillos, por así decirlo, del mundo que experimentamos, podemos explicar la diferencia entre el nirvana y el samsara. De una manera muy sencilla, la diferencia entre el nirvana y el samsara es la sabiduría (nirvana) y la ignorancia (samsara) de la naturaleza de nuestra mente, es decir, saber o no saber que son la cualidades de nuestro pensamiento y las consecuencias de los mismos las que determinan la cualidad de nuestra experiencia, esto es, nirvana o samsara.

Todo el plano del samsara, en su infinito girar, surge de la ignorancia, según explica el budismo con la noción de la «originación» dependiente. Es a partir de la ignorancia que se generan los deseos que serán el combustible que mantiene corriendo todo este multiverso samsárico, el cual es descrito por el Buda como poseído por un fuego que todo lo consume. El nirvana es justamente la extinción de este fuego ilusorio que viene de los seis campos sensoriales. ¿Qué es lo que ignoramos que mantiene al mundo ardiendo? En gran medida es desconocer que perseguir los deseos (producidos por las impresiones sensoriales) sólo trae sufrimiento ya que las cosas en este mundo, ondenadas a consumirse por este fuego espectral, son todas impermanentes. «El único placer es acabar con el deseo», dice el Buda en el Dhammapada.

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Otra forma de explicar esta ignorancia que produce el samsara es desde la naturaleza misma de la percepción, investigando la raíz misma desde la cual surgen los objetos que conforman el samsara y que perseguimos fantasmagóricamente o, utilizando una metáfora tradicional, como venados tratando de saciar su sed con el agua de un espejismo y, una más moderna, como galgos en una carrera correteando un conejo de metal. El budismo, particularmente algunas escuelas tibetanas que han analizado minuciosamente la dualidad de la percepción, sostiene que es un error perceptual concebir el mundo como dividido en sujetos que perciben objetos. En realidad (se dice en los textos budistas) no existe más que la vacuidad que es igual a la mente y de la cual todo surge como una aparición mágica, un arco iris, una burbuja, etcétera. El deseo que alimenta el samsara, al buscar aprehender sensaciones y poseer objetos, es el resultado de este estado de percepción dualista que predomina en el mundo que experimentamos comúnmente. Simplemente, si no hubiera objetos que surgieran en nuestro campo de percepción como separados, sólidos y estables, no se echaría andar este proceso de perseguir sensaciones, buscar saciar inútilmente el deseo que producen e identificarnos con un yo individual que, al estar separado de los objetos que desea y los cuales además son efímeros, necesariamente se enfila al sufrimiento. Es esta ignorancia (separar el sujeto del objeto, la mente del cuerpo, el hombre de la naturaleza, etc.) la raíz del sufrimiento que genera la ilusión (de tomar las cosas como reales, sólidas, separadas, etc.) y del mismo karma que se produce cuando la acción es enardecida por la volición o el deseo de la mente, así avivando las llamas del samsara.

El estado de no dualidad perceptual, que reconoce que todas las cosas son la unidad de la vacuidad y la mente (o también del espacio y la luz que se desdobla como todos los fenómenos) es descrito de diversas formas por el budismo tibetano, pero uno de los términos más utilizados, particularmente por el dzogchen, es rigpa, una palabra muy difícil de traducir, pero que tiene esencialmente una connotación de una percepción no dual o

cognosción prístina (primordial, natural, desnuda, intrínseca etcétera). Rigpa es análoga a la palabra sánscrita vidhya, que significa conocimiento o claridad. Se habla entonces en el budismo tibetano de los vidhyadara o los rigdzin, quienes son los que han logrado estabilidad en este estado de conocimiento no dual (es decir, que habitan en rigpa).

El traductor y practicante del dzogchen John Myrdhin Reynolds, en su comentario a su traducción del texto Self Liberation Through Seeing with Naked Awareness, donde el gran maestro Padmasambhava introduce al estado natural de la mente (rigpa), hace una importante anotación que permite recapitular lo que hemos mencionado anteriormente.

¿Qué es la ignorancia? Es no saber cuál es nuestra condición, nuestro Estado Primordial. Al no saber quién realmente somos, al no reconocer nuestra verdadera naturaleza, nos aferramos a las apariencias y las perseguimos, y así caemos atrapados otra vez en el ciclo de la transmigración. La ignorancia sólo engendra ignorancia. Nuestra liberación de este ciclo sin principio del samsara no ocurrirá de manera automática o inconsciente. Dejado a sus propios medios, el samsara no evolucionará a un climático punto Omega, ni culminará en una stasis inmutable o en un paradisíaco reino de Dios. Esto es así debido a que las causas perpetuamente generan nuevas condiciones, las cuales, a su vez, generan nuevas causas, por lo que el proceso prosigue interminablemente. El samsara no es un sistema cerrado finito; las fuentes de su energía son inagotables.

Pero, aunque el samsara no tiene principio ni final en sus propios términos, podemos

hablar de lo opuesto del samsara como el nirvana. Si el samsara significa existencia condicionada (samskrita-dharma), entonces el nirvana significa existencia incondicionada (asamskrita-dharma). Lo que se extingue al entrar a al estado de nirvana son las  mismas condiciones que determinan nuestra existencia limitada y restringida o, para ponerlo en términos más psicológicos, se extinguen las causas kármicas de nuestra particular visión kármica que determinan cómo percibimos la realidad. Si la causa del samsara en general es la ignorancia, entonces el nirvana representa el opuesto: sabiduría o gnosis. En tibetano la traducción de la palabra sánscrita avidhya que signfica ignorancia es ma rig-pa-, y por lo tanto lo opuesto de esto es rig-pa, que no es conocimiento en el sentido de saber esto o aquello, sino en el sentido de «cognosción intrínseca» [intrinsic awareness]. Es la capacidad de la mente de darse cuenta y estar presente. Este es el sentido especial del término en el contexto del dzogchen, mientras que en el tibetano suele tener el significado de «inteligencia» o «ciencia». Es este rigpa, esta cognoscitividad intrínseca, lo cual es el tema de este texto de Guru Padmasambhava.

De lo anterior se deriva entonces que el estado de rigpa, de gnosis intrínseca, necesariamente no produce karma, está libre del deseo y por lo tanto de los compuestos y condiciones que generan las acciones. La única diferencia entre el samsara y el nirvana es este conocimiento de la propia naturaleza que necesariamente también se traduce en una forma de percepción no dual. De aquí que se diga, sin equivocarse, que en realidad samsara es nirvana. El mahasiddha del siglo VIII, Saraha, escribió en su poema tántrico Tesoro de Canciones:

 

Como es Nirvana, es Samsara.

No pienses que existe una distinción.

Sin embargo, no posee una naturaleza singular.

Lo conozco como sumamente puro.

No te sientes en casa, no vayas al bosque,

Reconoce la mente donde sea que te encuentres.

¿Cuando uno habita en la completa y perfecta iluminación,

dónde está el Samsara, donde está el Nirvana?

[…] No divagues en esta cuestión del sí mismo y del otro.

Todo es Buda sin excepción.

 

Siguiendo esta tradición de budismo no dual tenemos que el nirvana no existe en un remoto más allá, como un estado trascendente o como algo que aguarda al final de un duro camino de méritos y logros. El nirvana es la realidad pura, inmediata, sin obstrucciones u oscurecimientos. La diferencia entre el nirvana y el samsara es la de un espejo bien pulido y la de un espejo sucio, o la de ver la Luna en en un lago quieto y diáfano o verla en un charco agitado por el viento y oscurecido por el lodo.

Twitter del autor: @alepholo

ESTAS SON LAS 6 CARACTERÍSTICAS QUE DEFINEN A UNA PERSONA SABIA SEGÚN LA NEUROCIENCIA

CIENTÍFICOS HAN ENCONTRADO QUE NO TODO DECLINA CON LA EDAD; CIERTAS CUALIDADES DE AUTORREGULACIÓN, DECISIÓN Y CAPACIDAD DE RAZONAR EN LA INCERTIDUMBRE SON FRUTOS DE LA EXPERIENCIA Y LA EDAD

En los últimos años algunos neurocientíficos y psicólogos han intentado refinar los criterios del estudio de la inteligencia y han buscado entender cosas como qué es la sabiduría. El trabajo pionero en este campo es el Wisdom Project establecido en Berlín en los 80 por Paul Baltes y Ursula Staudinger, el cual definió a la sabiduría como «la capacidad de desarrollar una intuición profunda y un juicio correcto sobre la esencia de la condición humana y las formas y medios para planear, administrar y entender una buena vida». Una sabiduría que «es la finalidad ideal del desarrollo humano».

Desde siempre la sabiduría ha estado relacionada en la mente humana con la edad y con la experiencia, y estudios recientes parecen avalar esto. Según Igor Grossmann, de la Universidad de Waterloo en Ontario, existen aspectos cognitivos que no necesariamente declinan con el tiempo. Sabemos que con la edad la habilidad para realizar operaciones mentales y la capacidad de sostener memoria episódica disminuye, así como algunas funciones ejecutivas, debido a un desgaste en el lóbulo temporal medio. Sin embargo, «muchos de estos procesos son flexibles y pueden entrenarse»; Grossman explica que «muchas prácticas meditativas… en las que te desapegas de tu ser inmediato, y te conviertes en observador» pueden ayudar a mantener ciertas funciones cerebrales. El investigador añade que en el caso de la sabiduría muchas de las habilidades que se le asocian tiene que ver con el desarrollo de una perspectiva y de un sentido del ser, como por ejemplo el desapego y el desarrollo de un sentido de interdependencia, por lo que no están solamente sujetas al declive de la edad sino que son el resultado de la experiencia dirigida. Una persona puede nacer con inteligencia pero la sabiduría necesariamente debe obtenerse, es la marca del cultivo de esa inteligencia, de la aplicación moral y del entendimiento.

Dilip Jeste, director del Stein Institute de la Universidad de California, realizó un interesante estudio en el que entrevistó a pacientes de la tercera edad para formarse una noción de la sabiduría según la especificidad cultural. A la par analizó con un software el Bhagavad Gita, uno de los textos más importantes de la filosofía hinduista considerado un referente de la sabiduría intemporal. Jeste determinó que la noción de sabiduría entre los pacientes y este texto tenía grandes similitudes. A partir de esto, su equipo generó una definición de los seis componentes transculturales de la sabiduría:

1. Tener un conocimiento pragmático de la vida

2. Regular emociones

3. Un comportamiento prosocial que conlleve compasión, altruismo y empatía

4. Saber las propias virtudes y debilidades

5. Capacidad de tomar decisiones

6. Aceptar la incertidumbre

El sitio Nautilus ha compilado una serie de estudios en torno a la sabiduría, de los cuales se pueden tomar ciertas conclusiones. Es interesante notar que la sabiduría tiene un componente moral y está ligada a ser una buena persona, tanto por el análisis cultural como neurofisiológico («ser una buena persona» definido como la capacidad de sentir empatía y de asumir responsabilidades).

Se desprende de aquí también la noción de que debemos reconsiderar nuestra imagen de la vejez como algo negativo que se debe reprimir a toda costa. En Las esencias viajeras, Carlos Monsiváis escribió:

…ya en el siglo XX, al convertirse la juventud en la meta suprema, incluso los propios jóvenes, el pacto fáustico deviene el centro de las obsesiones, de las ilusiones recónditas y públicas, hasta llegar a los finales de esta centuria convertido en búsqueda gozosa y patética de la cirugía plástica, los gimnasios, las dietas estrictas, el maquillaje, las ropas rejuvenecedoras, la liposucción, hasta llegar a la ilusión química de la feromona humana… La metáfora prodigiosa de un libro se convierte en el sueño masivo de consumo y ansiedad por resistir al tiempo.

Si revaloramos la noción de sabiduría quizás podamos resistirnos menos al paso del tiempo –al resistirnos generamos tensión, estrés y enfermedad para nosotros y para aquellos que son viejos y a los cuales vemos con desdén. ¿Acaso no es la sabiduría, fruto paciente de la experiencia, algo tan valioso o incluso más que la belleza y el ímpetu de la juventud? Si nuestra meta en la vida fuera ser sabios y no solamente ricos y guapos, seguramente sufriríamos menos y el mundo estaría en mejor estado.

Fuente: pijamasurf.com

Los 5 peores demonios para ser poseído

Aún no se sabe a ciencia cierta si él Papa Honorio III (que ejerció del 1216 a 1227) escribió o no el libro donde fueron enlistados estos demonios. Este jefe de la iglesia es recordado entre los papas por celebrar ceremonias para invocar demonios que luego desterraba nuevamente al infierno a través de misas negras (como se sigue haciendo en la actualidad). En el artículo publicado por Esther Iglis-Arkell se enumeran los cinco demonios con los cuales no quisieras compartir cuerpo.
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1) Belcebú

Belcebú es el Big Brother de los demonios, el ‘alzado’; y aunque el cine ha hecho que pierda su cualidad terrorífica, sigue siendo quien atormenta a los pecadores en el infierno.

Inglis-Arkell habla de que a principios de 1600, una joven monja llamada Madeleine de Demandolx de la Palud comenzó a tener convulsiones, gritaba obscenidades y afirmaba que había cometido ‘actos lascivos’ y sexuales con demonios y ‘brujas’. En ese tiempo se llegó a la conclusión de que estaba poseída por Satanás. Se le llevó a ella y a otra mujer que cumplía las mismas características, frente al Gran Inquisidor local.

No se sabe si se les expulsó a Satán, pero sí se supo por otras niñas, que el sacerdote había aconsejado a la monja para incitarla a cometer actos lascivos. El sacerdote negó todo; y hastiado, dijo sarcásticamente que si fuera brujo le daría su alma al diablo. El sacerdote fue detenido y torturado, confesó, se retractó, fue torturado un poco más, confesó una vez más, fue torturado un poco más y… luego lo quemaron vivo. Las chicas siguieron acusando a la gente de brujería con tal de no ser acusadas ellas.

2) Ronove

Ronove, como todos los demonios, es un maestro en el arte de engatusar y engañar a las personas, con la retórica y la elocuencia las disuade para que hagan tal o cual atrocidad. Este demonio podría escribir todo un volumen de cómo ser influyente y ganar ‘amigos’. También es el que que ‘toma las almas viejas’. seguramente Ronove está esperando a aquellos pecadores viejos que se encuentran en el umbral de la muerte; a ellos y a sus mascotas (porque también se ‘lleva’ a las mascotas).

3) Agares

Agares es asexuado, o tiene los dos sexos. Si se lo ve como hombre, es viejo y monta un cocodrilo. Angelical, hermosa y joven se la ve, en su figura femenina. (Quizá hay quien ebrio vio a Agares mujer, de noche en el rave, y amaneció con el mismo demonio, pero en su forma masculina). No por ser demonio no puede ser atractivo o hermosa.

Todos los demonios tienden a ser maestros y, a dar enseñanzas a los fieles seguidores, hasta el punto donde lo permiten los humanos. En corto tiempo, bajo la tutela de Agares, tendrás conocimiento de todas las lenguas del mundo. La noticia mala para muchos es que este será un repertorio de ofensas y crueldades; lo que lleva el troleo a su nivel más demoniaco (si piensas que es suficiente, recuerda que aún faltan los insultos raciales y étnicos). Por lo que serás un erudito en cuestión de maldiciones en todos los idiomas del mundo.

4) Surgat

Surgat esta listo para pelear al lado de Satanás cuando este se lo indique. Al parecer, sirve a Satanás cuando es necesario y los demonios son sus compañeros de batalla. Ebtre todos ellos, Surgat, se gana su lugar en la lista de miedo porque no puede ser exorcizado. Está descrito en libro profesional sobre ‘eyección’ demoniaca (en ese tiempo esa era la única acepción de eyaculación), del Papa Honorio de con una frase: “Surgat es el que abre todas las cerraduras”.
5) Aquiel

Demonio de la mitología cristiana, es el que se dedica a arruinar la santificación dominical (el Sabbath). Es decir, se encarga de quitarle al domingo lo sagrado, como día de guardar; destruyendo y combatiendo cualquier energía que pretenda mantener este día sagrado que el mismo dios escogió para descansar. No suena tan mal, sin embargo, si una autoridad religiosa fuera poseído por Acquiel, quizá sería una afrenta par su grey o para todos aquellos que su religión les obliga descansar el Sabbath.Es decir, este demonio –aún más que los demás– sólo afecta a quienes creen en un sistema religioso vulnerable a demonios.

No se sabe si ha muerto más gente por dios o por el diablo. Lo que se puede aprender son dos cosas: trata de no ser poseído por el diablo, pero si es así,  guárdalo para ti o terminarás en la hoguera.

 

Fuente: PijamaSurf

Extenso estudio muestra que la conciencia persiste más allá de la muerte clínica

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El materialismo —la idea de que la conciencia es producida o equivale al cerebro— es una creencia que ya se ha probado falsa a través de la ciencia.

Neal Grossman, Historia y Filosofía

¿Es la conciencia un sistema inherente al cuerpo y al cerebro? Si no hay vida cerebral, ¿entonces se extingue la conciencia?

La respuesta es: NO; la conciencia perdura más allá del cuerpo y del cerebro.

Existe un estado de conciencia durante los cortos momentos entre la muerte clínica (detención de ritmo cardíaco y respiración) y la resucitación artificial. En otras palabras, la conciencia permanece incluso después de la muerte.

Estas conclusiones nacieron de un estudio llevado a cabo por el equipo del doctor Sam Parnia (Reino Unido), involucrando a más de 2 mil personas que sufrieron un paro cardíaco y respondieron exitosamente a la resucitación, en 15 diferentes hospitales del Reino Unido, Estados Unidos y Austria. Hasta ahora, este estudio es el más importante dentro del campo, debido a la rigurosidad de la metodología empleada y por el análisis de los datos puramente físicos.

“Este estudio merece reconocimiento por abrir puertas dentro de la investigación acerca de lo que sucede cuando morimos”, expresó el editor de la revista científica Resuscitation Journal.

En realidad, el estudio comenzó con la idea de entender por qué los sobrevivientes resucitados después de un paro cardíaco muestran déficits cognitivos y estrés postraumático, y esto con el fin de definir qué sucede biológicamente durante la resucitación cardiopulmonar (RCP).

Los pacientes fueron seguidos durante 4 años después de su accidente de paro cardíaco y fueron entrevistados acerca de su estado de conciencia antes y durante la resucitación, haciendo uso de tests específicos.

El estudio concluyó que 40% de las personas que sobreviven a un paro cardíaco están conscientes durante el corto tiempo entre el estado de muerte clínica y la resucitación, lo cual supone que la conciencia no se evapora durante la muerte clínica, dejando claro que “tampoco sabemos si se evapora después”, como explica el doctor Parnia.

La conciencia ha sido atribuida al órgano cerebral por la corriente dominante en el pensamiento moderno, por lo tanto pensaríamos que si el cerebro no funciona, entonces, no debe existir conciencia alguna. Inesperadamente el estudio afirma que, aunque el cerebro deja de tener actividad desde los 30 segundos posteriores a la falla cardíaca, el estado de conciencia perdura por más de 3 minutos. Por ende, la conciencia es independiente de la función cerebral.

A continuación, los datos crudos del estudio:

Se estudiaron 2 mil 60 pacientes con paro cardíaco.

330 sobrevivieron.

De los 330 sobrevivientes, 140 aseguraron estar parcialmente conscientes en el momento mientras eran resucitados.

De estos 140, 39% describió estar consciente pero no tener ningún recuerdo específico.

Durante la muerte cerebral,  uno de cada cinco pacientes sintieron:

—sensación de paz

—cambios en la velocidad del paso del tiempo (más rápido o más lento)

—visión de una luz brillante o la imagen del Sol

—sentimiento de miedo, de ahogo

—experiencia extracorporal

—agudización de los sentidos

2% de los pacientes alegaron sentirse totalmente conscientes durante la resucitación, aportando pruebas fehacientes de una verdadera conciencia visual o una experiencia extracorporal.

El doctor Parnia compartió su idea acerca de la muerte: “es un proceso potencialmente reversible que se da acto seguido de la falla cardíaca, pulmonar y cerebral después de cualquier accidente o enfermedad grave”. Aunque esta delicada interpretación de la muerte suena a una dulce canción de ciencia, pasará tiempo antes de que el común mortal logre cambiar su visión terrorífica del más allá.

Para la gente que tiene mucho miedo “al final del camino”, existen  terapias psicodélicas para aceptar la muerte.

Mientras tanto, es innegable que numerosas personas han muerto y regresado a la vida sin perder 1 segundo de conciencia, trayéndose incluso vívidos recuerdos de esos momentos sin latido de corazón:

La negación de cualquier realidad espiritual y la simultánea ignorancia de evidencia acerca de la realidad espiritual humana se denomina cientificismo, no ciencia. (Charles Tart, Psicología transpersonal)

 

Fuente: http://pijamasurf.com/2015/08/extenso-estudio-muestra-que-la-conciencia-persiste-mas-alla-de-la-muerte-clinica/

Maestro zen le explica la muerte a niña de 7 años

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La paradoja esencial de nuestra existencia es que probablemente el sentido de la vida sea la muerte. Los filósofos de la tradición platónica, siguiendo el ejemplo de Sócrates, creían que la filosofía era fundamentalmente el arte de saber morir, de seguir la propia conciencia y separarla del cuerpo y de las ilusiones materiales. El amor a la vida es dejarla ir. Eros y Tánatos: el amor a la sabiduría es el deseo de conocer la muerte: una eutanatología. Tal vez porque, como señala el místico alemán Jacob Böhme, “Si renuncias al mundo, llegas a aquello a partir de lo cual se ha hecho el mundo”.

La mayoría de las tradiciones religiosas y filosóficas conciben a la muerte como la posibilidad inminente de regresar al conocimiento de la fuente de nuestra existencia, la única forma de solucionar –en una disolución– el predicamento de las grandes preguntas “¿quiénes somos?”, “¿de dónde venimos?”, “¿a dónde vamos?”. Las tradiciones difieren en algunos aspectos particulares de sus enseñanzas, pero generalmente coinciden en que en la muerte se nos presenta la posibilidad de revelar y realizar el propósito de nuestra existencia, de regresar de alguna manera a casa, ya sea a la nada o al todo, a Dios, al Espíritu Universal, al Ser Absoluto, según se le llame. Decía Sócrates que una vida no examinada no merece vivirse y, en sintonía con su filosofía, la examinación profunda de la vida nos remite necesariamente a la meditación sobre la muerte –no tanto porque sea el opuesto sino porque es su destino, a una irresistible atracción por su misterio, la posibilidad de que nuestro ser sea más que un breve, solitario e irreal parpadeo en un inmenso e inerte universo.

Todo esto puede convertirse en una reflexión bastante grave y sombría, pero meditar sobre la muerte puede también ser una fuente de enorme alegría y ligereza y liberación. Para esto pocas personas mejores que los monjes budistas –que en su desapego suelen encontrar un caudal de serena felicidad. Y, también, suelen simplificar las cosas, con una claridad diamantina que lo mismo dilucida un niño que un adulto (a quien, si acaso, le puede costar un poco más desaprender para ver lo esencial). El siempre oportuno blog Brain Pickings recoge algunos fragmentos del libro Dropping Ashes on the Buddha: The Teachings of Zen Master Seung Sahn, donde se relatan una serie de conversaciones sostenidas por el monje zen Seung Sahn Soen-sa. En una de ellas, Soen-sa le explica a una niña de 7 años llamada Gita la naturaleza de la muerte a propósito del fallecimiento de su querido gato.

“¿Qué le sucedió a Gati? ¿Dónde fue?”.

Soen-sa dijo: “¿De dónde vienes?”.

“De la panza de mi mamá”.

¿”De dónde viene tu mamá?” Gita permaneció en silencio.

Soen-sa dijo: “Todo en el mundo viene de la misma sola cosa. Es como en una fábrica de galletas. Se fabrican diferentes tipos de galletas –leones, elefantes, casas, personas. Todos tiene diferentes nombres y formas, pero todos están hechos de la misma masa y saben igual. Así todas las cosas diferentes que ves –un gato, una persona, un árbol, el Sol, este piso– son en realidad lo mismo”.

El diálogo sigue y Soen-sa explica muy en el tenor del conde Korzybski (“el mapa no es el territorio”), que las cosas no son las palabras con las que se describen. Llega el momento del koan:

“Así que si alguien te dice ‘¿Qué es Buda’, cuál sería una buena respuesta?”.

Gita se mantuvo en silencio.

Soen-sa dijo: “Ahora tú pregúntame”.

“¿Qué es Buda?”.

Soen-sa tocó el piso.

Gita rió.

Soen-sa dijo: “Ahora te pregunto a ti: “¿Qué es Buda?”.

Gita tocó el piso.

“¿Qué es Dios?”.

Gita tocó el piso.

“¿Qué es tu mamá?”.

Gita tocó el piso.

“¿Qué eres tú?”.

Gita tocó el piso.

“¡Muy bien! Eso es de lo que todas las cosas están hechas. Tú y Buda y Dios y tu mamá y todo el mundo son lo mismo”.

Gita rió.

Soen-sa dijo: “¿Tienes más preguntas?”.

“Todavía no me has dicho a dónde fue Gati.”

Soen-sa se acercó, la miró y le dijo “Ya entendiste a dónde”.

Gita dijo: “¡Oh!”.

Tal vez es una versión un poco lite de la escatología y la ontología (estilo Alan Watts), pero no por ello menos verdadera. Si queremos hacerlo un poco más intelectual y conceptual, podemos hablar del fondo universal del Ser, autohipostático, que engloba al ser de todos los seres; en las cenizas danzan innumerables budas… pero no es necesario, es más útil de hecho comprenderlo con una imagen,  en el silencio.

En otra parte Soen-sa habla sobre la mente vacía: “Deshazte de toda opinión, gusto o disgusto, y sólo mantén la mente que no sabe. Tu mente antes-del-pensamiento, mi mente-antes-del-pensamiento, todas las mentes-antes-del-pensamientos, de todas las personas, son iguales. Esta es tu sustancia, mi sustancia y la sustancia del universe se hace una”.

Lo más importante de toda parece ser todo lo que ocurre en el entendimiento cuando uno medita sobre la unidad de todas las cosas: en este principio se resuelven todos los enigmas en una misma fuente. Como dice la Tabla Esmeralda, que es también una fórmula filosófica alquímica para purificar el alma y separarla del cuerpo:

En verdad, sin mentira y ciertamente:

Lo de abajo es como lo de arriba, y lo de arriba es como lo de abajo, para obrar los milagros de una sola cosa.

Así como todas las cosas han sido hechas, así proceden de uno, por la meditación de uno, también todas las cosas nacen de esta cosa única por adaptación.

Coinciden aquí dos principios que son uno: que dentro de nosotros se encuentra el Ser universal, pero que para tomar conciencia de él es necesario negar nuestro ser individual, negar la mente que surge después del pensamiento y separa entre sujeto y objeto, entre nosotros y el universo, la mente que cree conocer lo otro, las diferencias. Dice el filósofo Ananda K. Coomaraswamy, siguiendo la doctrina védica:

Eso que en “nosotros” es el Espíritu, y eso que en nosotros no es el Espíritu, se distinguen y se contrastan tajantemente; siendo el Espíritu eso que queda “cuando se han eliminado todos los demás factores de la personalidad compuesta de “identidad-y-apariencia”, o de “alma-y-cuerpo”.

Agrega: “Ésta es exactamente la doctrina de Dionisio [El Aeropagita]. ‘Cada uno debe entrar dentro de sí mismo y descubrir así Algo que es su verdadero Sí mismo y que sin embargo no es su sí mismo particular… Algo que no es su individualidad, que está dentro de su alma y sin embargo fuera del él”. Esta es la oportunidad que supone la muerte: la negación de la individualidad para abrir brecha para el surgimiento de la universalidad, la realidad que es lo que queda cuando nos despojamos de todo lo que no es esencial e imperecedero.

Twitter del autor: @alepholo

La cronobiología o la importancia de vivir en sincronía con los ciclos naturales

Vivimos entrecruzados por innumerables ciclos, externos e internos, sin ser conscientes de cómo nos afectan; observarlos y sincronizar nuestro cuerpo con el tiempo de la Tierra y del cosmos, parece ser una de las formas más sabias para procurar la salud.

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Mientras los hombres más se liberan de la sumisión a los ciclos externos de la naturaleza, recayendo en ciclos sociales variables creados por ellos mismos, más aumentan el riesgo de sufrir trastornos internos.

Kevin Lycn, What Time is this Place?

El hombre moderno se conduce como un ser en un estado de casi permanente urgencia, siempre buscando capitalizar el tiempo, para quizás algún día poder desacelerar y empezar a disfrutar del mismo. Colectivamente hemos interiorizado al tiempo como equivalente al dinero –lo mismo que decimos del dinero lo decimos del tiempo: lo invertimos, lo ahorramos, lo gastamos o nos hace falta, etc. Esto condiciona la “riqueza”, la profundidad y las posibilidades de nuestras experiencias, actividades y relaciones.

Douglas Rushkoff, en su libro Present Shock, advierte que, ligados a un tiempo digital, asincrónico, construido artificialmente por el mercado y la tecnología, nos hemos alejado del tiempo orgánico de la naturaleza, del Sol y de la Luna. Los griegos, nos dice Rushkoff, distinguieron entre el tiempo de Cronos y el tiempo de Kairos. Cronos es el tiempo cuantitativo del reloj, hecho de fragmentos, de pulsos absolutos. Kairos es el tiempo cualitativo, oleaginoso, de la sincronicidad, entendido “como una ventana de oportunidad creada por las circunstancias, Dios, el destino. Es el tiempo ideal para atacar, proponer matrimonio o tomar una cierta acción”.

La mayoría de nosotros vivimos en el tiempo de Cronos, el inflexible dios que hace las reglas y cobra intereses. “Vivimos en una sociedad que fue reconfigurada hace 500 años para impedir que las personas se involucren de manera significativa y poderosa con el mundo”, dice Rushkoff. Hemos programado el tiempo, al igual que el dinero, para hacer más eficiente nuestra producción y alimentar la economía del crecimiento perpetuo. Pero, lastimosamente, esta forma de concebir el tiempo nos ha cobrado factura, programándonos sociobiológicamente a su imagen y semejanza. Y es que nuestra identidad no se puede separar fácilmente del tiempo, si alteramos la forma en la que vemos y experimentamos el tiempo alteramos esencialmente lo que es ser humanos en el mundo.

El tiempo es salud, ritmo, coherencia

Hoy vivimos en un tiempo dictado fundamentalmente por la economía; antes el tiempo era dictado por la ecología. El tiempo era algo que nos vinculaba con la naturaleza y a través del cual podíamos tomar conciencia de la relación entre lo que sucede en nuestro cuerpo y lo que sucede en la naturaleza o en el cosmos. Todavía medimos el tiempo en relación con ciertos ciclos naturales, pero nuestra vida transita mayormente desfasada de estos ciclos, sin prestar atención a los diferentes tiempos que confluyen en cada tiempo y sin distinguir  la cualidad intrínseca –y el potencial– de los diferentes momentos.

La naturaleza puede ser vista como un concierto de ciclos, más o menos afinados y sincronizados, corriendo en paralelo. Imagina un río en el que se arrojan varias piedras, cada una de ellas genera ondas sobre la superficie, muchas de las cuales se entrecruzan, además de estar también embebidas en el propio flujo del río. Así, toda la vida y la materia misma se mueven en ciclos: “ondas ondeando dentro de ondas”, como notara el médico Irving Dardik. Vivimos inmersos en ciclos galácticos, solares, planetarios que tienen su microcosmos en ciclos bioquímicos, glandulares, hormonales, celulares. El cuerpo humano está basado en cientos de ciclos simultáneos que oscilan y forman bucles de retroalimentación entre sí y con los ciclos del medio ambiente. Ciclar es la forma en la que un organismo se autorregula y se renueva; es lo que permite que ahorre energía y catalice esfuerzos. “Retornar es la característica principal del Tao”, dice el Tao Te Ching.

El funcionamiento de nuestro cuerpo está vinculado a estos ciclos, que pueden dividirse en circadianos (un día), ultradianos (menos de un día) e infradianos (más de un día). Por más que podamos adaptarnos a los horarios de oficina, a los requerimientos de nuestro jefe de trabajo o a vivir siempre conectados a través de nuestros gadgets, es muy probable que nuestro cuerpo funcione mejor cuando escucha sus propias necesidades y se mueve en sintonía con las estaciones y con los ciclos naturales con los que ha evolucionado simbióticamente. Después de todo, la vida lleva trabajando unos 4 mil millones de años bajo estos ciclos y estos ritmos. Desfasarnos y nadar en contra de las olas nos hace gastar energía y puede acabar enfermándonos, algo que ha empezado a descubrir la cronobiología.

El doctor Larry Dossey, en su libro Space, Time and Medicine, concluye que “muchas enfermedades, tal vez la mayoría, podrían ser causadas por percepciones incorrectas del tiempo”. Algo similar señalan Philip Zimbardo y John Boyd en su libro The Time Paradox: “ Una serie de problemas fisiológicos y psicológicos pueden sobrevenir cuando uno no vive en armonía con el tiempo”.

La forma en la que el tiempo y los diferentes ciclos afectan los procesos biológicos humanos es innumerable. Una de las formas más conocidas es la relación entre el ritmo circadiano y la producción de melatonina, la cual se incrementa en la noche y se ve afectada por la exposición a la luz eléctrica. Alterar nuestra producción de melatonina puede afectar seriamente nuestra calidad de sueño, lo cual a su vez tiene un efecto directo en el funcionamiento de nuestro sistema inmune. Pero el tema es mucho más complejo e interrelacionado, sabemos, por ejemplo, que perturbaciones geomagnéticas afectan la secreción de melatonina. Una tormenta solar puede afectar cómo duermes o incluso lo que sueñas esta noche (tormentas solares que a su vez siguen un patrón relacionado con los ciclos de las manchas solares, el llamado ciclo de los 11 años). Además de la melatonina, el cortisol, la prolactina y otras hormonas también oscilan durante el día y se ven afectadas por ciclos ambientales.

La Luna, el antiguo reloj interno

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Nuestra desconexión de los ciclos naturales hace que nos sorprendamos cuando descubrimos la miríada formas en las que estamos ligados a nuestro entorno y cómo este nos afecta sutilmente de manera tan diversa. Pero al menos hay uno de estos ciclos que casi todos conocemos que nos recuerda nuestro vínculo cósmico: la relación entre el ciclo menstrual de las mujeres y el ciclo lunar. La Luna no sólo afecta los flujos menstruales femeninos, afecta todo tipo de flujos en todo tipo de organismos. Estudios sugieren que el ciclo lunar afecta la ovulación, la retención de orina, y se correlaciona con episodios de diarrea y problemas cardiovasculares.

El doctor Mark Filippi, un asesor conductual neoyorkino, incluso ha elaborado un sistema que relaciona la producción dominante de ciertos neurotransmisores con las fases lunares. Basándose en el trabajo de diversos científicos e investigadores como Irving Dardik, Joel Robertson y David Goodman, Filippi ha desarrollado un calendario en el que sincroniza el ciclo lunar con cuatro dominios fundamentales del cuerpo humano, los cuales identifica en relación con la acetilcolina, la serotonina, la dopamina y la norepinefrina. Cada semana de la Luna uno de estos neurotransmisores entra en apogeo, dándole al tiempo una cualidad especial que favorece cierto tipo de actividades y de actitudes. Según Douglas Rushkoff,  seguir el método de Filippi le permitió escribir su libro Present Shock en menos tiempo y con mejor productividad. Resulta que hay mejores momentos que otros para escribir; algunos son mejores para editar; otros para buscar nuevas ideas, etc. Estar conectados a la Luna puede ser más útil que tener conexiones en la bolsa de valores.

Filippi, quien trabaja en Nueva York con todo tipo de pacientes, desde empresarios a atletas, me contó sobre su sistema, al que llama Somatic Method, en una entrevista telefónica. Mark concibe su sistema como una “orientación”, una forma de navegar el mundo de manera coordinada entre el mundo interno y el mundo externo. Para empezar, la clave parece ser simplificar nuestros procesos de atención cronobiológica –-notar lo que le pasa al cuerpo en un momento específico. Mark llama a esto “SIMPLES”: hacer algo que tiene asociado una etiqueta de tiempo. “Simplemente poner atención a tu respiración es una forma de autorregular tus ciclos”. La idea es notar que “es mejor hacer ciertas cosas durante ciertos momentos del día que otros o durante ciertas partes del ciclo lunar”. El solo hecho de detenernos a observar nuestra relación con el tiempo ya es un paso enorme. Esto nos lleva a darnos cuenta de que “no todos los jueves son iguales”, aunque socialmente estemos programados a hacer las mismas cosas y esperar los mismos resultados. Si tomamos conciencia de los ritmos y de la diferencia entre los momentos, de la tendencia que tiene su onda o su particular frecuencia, poco a poco podemos ir incrementando nuestra coordinación mente-cuerpo y cosechar estados de mayor coherencia biológica.

Distinguir la cualidad específica del tiempo y navegar de manera coordinada los diferentes ciclos no sólo aumenta nuestra creatividad, dándonos la posibilidad de subirnos a las olas cósmicas; es una forma de inteligencia preventiva, de cuidado a la salud. “Necesitamos entrenarnos para la recuperación, estamos socialmente predispuestos a operar de manera exhaustiva, así que básicamente sobretrabajamos y subestimamos la importancia de apoyar la recuperación. Al final acabamos con residuos que nos van mermando y nuestros cuerpos no se pueden recuperar, sobreestimulamos nuestro sistema inmune. Trabajamos ‘todo o nada’ y luego las personas se quiebran… Nadie sabe cómo digerir o dormir involucrando el sistema parasimpático”, dice Mark.

“Necesitamos distinguir y coordinar diferentes ritmos dentro de nuestra experiencia cotidiana del tiempo cronológico y girar hacia un sentido más creativo del timing, como hacen los músicos de jazz. Esta sola habilidad es una forma de aplicar nuestra capacidad innata para asegurar un bienestar a largo plazo. Nos hace hablar el lenguaje de la naturaleza… Sin esta habilidad operando, vivimos en un fragil estado de “huir o pelear” que puede consumir nuestros recursos y nos coloca en el camino del envejecimiento acelerado y de los trastornos crónicos (cronológicos) décadas más tarde”, agrega Filippi, invitándonos a un jamming biológico.

Una forma de asegurarnos de que nuestro cuerpo recibe el descanso adecuado es ver los ciclos de manera fractal, permeando todos los aspectos de nuestra experiencia. De la misma manera que durante 1 año existen cuatro estaciones y tenemos cuatro fases lunares en 1 mes, el día puede dividirse en cuatro y así 1 hora e incluso 1 minuto tienen sus diferentes aspectos. El día tiene su propio invierno y hay momentos en los que seguir trabajando significa gastar una gran cantidad de energía que puede quemar nuestras naves para las siguientes jornadas. En este espíritu y para no desgastar demasiado nuestra atención y poder asimilar la información –darle su tiempo– aquí concluiremos esta introducción a la cronobiología. En la siguiente parte de esta serie entraremos más a fondo en el sistema de Filippi y exploraremos la fascinante conexión entre la Luna y el cerebro humano. Mientras tanto Festina lente! O, en palabras de Mark: “mantengan sus sentidos afilados y sus ondas suaves”.

Lee segunda parte

Soma-Space (sitio de Mark Filippi)

Twitter del autor: @alepholo

El Ojo en el Cielo: La conexión magnética entre el Sol y la glándula pineal

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La relación entre la glándula pineal y el Sol es un emblema de la relación entre el hombre y el cosmos. Probablemente uno de los ejemplos más estimulantes y significativos del principio hermético más citado en el ámbito de la esoteria: “cómo arriba, es abajo” (la holofrástica de la existencia). Un principio de correspondencia que pese a ser el fundamento cognitivo de la “ciencia” antes de la ciencia, es decir de los padres de la ciencia (de personajes como Paracelso, Giordano Bruno y el mismo Isaac Newton, quien hizo una traducción de la Tabla Esmeralda), ha sido relegado al terreno de la superstición o del pensamiento mágico; relumbrando herejía en la estructura racional de la mente científica. Sin embargo, hoy en día tenemos evidencia “científica” que sugiere convincentemente que el cosmos –”el mundo de las esferas”—tiene una influencia en la psicobiología humana.  Y la clave para entender esta “influencia”, no ya sólo desde el plano simbólico de la astrología, es la glándula pineal, ese gran misterio de la psique.

Este acercamiento a este enigmático tema –sin duda una de las vetas centrales del misticismo humano—viene a colación de las recientes tormentas solares que han estado arribando al planeta con renovada intensidad, como generalmente ocurre en julio, pero marcando esta vez una especie de despertar dentro del ciclo de 11 años de nuestra estrella central. La posibilidad de que nuestro estado de ánimo e incluso nuestro estado de salud general se vea afectado por una emanación de partículas energéticas en el Sol hace algunos años les habría parecido como una aberración o un anatema a la mayoría de los científicos; hace cientos de años, les habría parecido como algo completamente natural e ineludible. Hoy en día algunos estudios, y sobre todo un entedimiento del funcionamiento de los campos magnéticos y de la glándula pineal, muestran claramente que las llamadas tormentas solares inciden en nuestro estado de ánimo y en nuestro comportamiento.

El efecto de las tormentas solares en tu cerebro

El prestigioso sitio de divulgación científica New Scientist publicó hace 4 años un artículo en el que se citan una serie de estudios que investigan la relación entre las tormentas solares, el geomagnetismo y el comportamiento humano. Particularmente interesante es el trabajo del científico ruso Oleg Shumilov, quien, partiendo de la premisa de que muchos de los animales son sensibles a los campos magnéticos (¿y por qué no el ser humano?), investigó la afectación del geomagnetismo en la psique humana. Shumilov correlacionó datos de la actividad geomagnética de 1948 a 1997 y descubrió que durante los picos de actividad, de marzo a mayo, en julio y en octubre –detonados por tormentas solares– había un incremento paralelo en el número de suicidios en la ciudad de Kirovsk (un estudio en Australia y otro en Sudáfrica replicó el hallazgo de Shumilov).

Otro estudio, realizado por Michael Rycroft, ex director de la Sociedad Europea de Geociencias, encontró una correlación entre perturbaciones cardiovasculares y perturbaciones geomagnéticas. Según Rycroft, problemas de salud geomagnéticos afectan hasta al 15% de las personas (así que tal vez tú seas una de ellos, por si querías descubrir el algoritmo de causas y efectos que determinan tu estado de salud  actual).

Tal vez no sea la Luna (o por lo menos no sólo ella), también magnética, la que nos altera las hormonas y desquicia. Un estudio publicado en el British Journal of Psychiatry (todos estos estudios pueden ser consultados en el link a New Scientist) muestra un incremento del 36.5% en hombres admitidos a un hospital por depresión en la semana posterior a una tormenta geomagnética.

¿Cómo es que estas llamaradas solares, también responsables de los sublimes fuegos de plasma de las auroras, nos afectan tanto?  Al parecer se debe a que alteran nuestra producción de melatonina, un neurotransmisor que se produce en la glándula pineal, responsable de regular nuestro patrones de sueño y biorritmos. Según la psiquiatra de la Universidad de Columbia, Kelly Posenr, la actividad geomagnética puede “desincronizar los ritmos circadianos y la producción de melatonina”.

La  glándula pineal es una glándula endócrina que yace entre los dos hemisferios cerebrales, a la altura del entrecejo. Aunque no se conoce bien a bien su funcionamiento –hasta hace poco más de 50 años se pensaba que era un excedente de la evolución sin una función determinada, acaso solamente el centro de numerosas especulaciones. Hoy sabemos que  por lo menos produce melatonina, una hormona cuya producción se ve afectada por la luz. La oscuridad, por ejemplo, hace que se secrete melatonina –y es por esto que nos es más fácil dormir en la oscuridad (pero en realidad diferentes longitudes de onda de luz hacen que se secrete melatonina en diferentes frecuencias). Esta hormona juega un papel también en el  trastorno afectivo estacional (“la depresión invernal”); interactúa con el sistema inmunológico, tiene propiedades de antienvejecimiento y sirve como antioxidante.

Si bien es importante recalcar que para la ciencia actual la glándula pineal es todavía una región relativamente inexplorada, sabemos que contiene vestigios de una retina y parece operar como transductor magnético. Las células pinealocitas en muchos vertebrados no-mamíferos son similares a las células de la retina (algunos reptiles cuentan con un tercer ojo parietal fotosensible que les permite usar al Sol como compás; las aves son capaces de “ver” el campo magnético a través de fotorecpetores que se encuentran en la glándula pineal ). Algunos científicos creen que las células pineales en todos los vertebrados comparten un ancestro  evolutivo en común con las células retinales (no es quizás casualidad que la glándula pineal históricamente sea identificada con “el tercer ojo” o con un ojo dormido, literalmente parece que es un tercer ojo dormido).

Aunque las producción de melatonina en la glándula pineal podría estar determinada por una conexión con los nervios ópticos, es interesante explorar la posibilidad de que esta pequeña glándula en forma de cono de pino tenga, en sí misma, una cierta capacidad fotoreceptora y magnetorecpetora. Recientemente se ha descubierto la presencia de minerales ferromagnéticos (es decir que pueden actuar como magnetos) en la glándula pineal. Un estudio realizado en la Universidad de Ben Gurion, en Israel, encontró la presencia de microcristales de calcita en la glándula pineal. Los autores del estudio señalan que “estos cristales podrían ser responsables de una transducción biológica electromagnética”, lo que es sugerido por su “estructura y propiedades piezoeléctricas”. ¿Son estos minerales los que interactúan con los campos geomagnéticos producidos por la lluvia de fotones del Sol que choca con la atmósfera de la Tierra?

Por otro lado, el Dr. Andrew Nichols ha determinado una correlación entre la actividad geomagnética y la perececpión de fenómenos paranormales.

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La percepción del Sol Invisible

Hasta ahora hemos visto, desde una perspectiva científica, que la glándula pineal, a través de una sensibilidad –no del todo entendida– a los campos magnéticos, convierte la luz del sol en un determinado estado mental. Aquello que se genera a millones de kilómetros de distancia en la corona de una estrella acaba siendo parte de nuestra modulación psíquica (el Sol se convierte en tus pensamientos). Esto, a grandes rasgos, parece ser un razonamiento científicamente intachable. Esto de manera más sutil, es justamente lo que la filosofía mística (o ciencia oculta) lleva diciendo miles de años.

Si bien el descubrimiento de la afetación psicobiológica a los fenómenos astronómicos es una incipiente, y aún controversial, línea de estudio en la ciencia moderna, antiguamente incluso se tenía una disciplina específicamente dedicada a estudiar la patología humana y su relación con eventos astronómicos y movimientos planetarios (más allá de la astrología): las iatromatemáticas

Que la glándula pineal podía ser un órgano para percibir una luz invisible (un campo magnético, por ejemplo) fue claramente atisbado por el pensamiento védico. En los Upanishads se habla del ser humano como una entidad compuesta por 10 puertas. Nueve de ellas (los ojos, las fosas nasales, los oídos, la boca, la uretra, y el ano) llevan hacia fuera, a la percepción del mundo exterior. La décima puerta, el tercer ojo (ubicado en el  ajna chakra, en el entrecejo, en el caso de Shiva, entre una guirnalda de serpientes) es el puerto de acceso a los mundos interiores (al decir interiores la referencia es a las habitaciones interiores de la mansión de la mente de Dios, donde yacen los mundos superiores, las dimensiones astrales). El tercer ojo es siempre, a través de diversas culturas, la apertura divina –la visión holográfica–  dentro del ser humano.

En el Bhagavad Gita se habla de la apertura de esta puerta en el momento cúlmen:

Aquel que en el momento de la partida no distrae su mente y su amor, estando en el Yoga (en fusión con Ishvara [el Sol detrás de la oscuridad], con el Dios Creador, la Conciencia Primordial), quien abre el pasaje de energía entre los ojos – aquel obtiene el más Alto Espíritu Divino.

Según la filosofía vedántica advaita, el ser humano proyecta sus propios atributos en el Brahman, el supremo espíritu cósmico, de suyo inconmensurable. La aparición del infinito Brahman en la finita mente humana es conocida como Ishvara, también representado en el Bhagavad Gita como el Sol. De aquí  es posible extrapolar una relación intrínseca en la recurrente representación de la divinidad como el Sol en la mente humana, de la luz como lo divino.

La evolución religiosa de esta relación entre la glándula pineal y el Sol (una relación del hombre como imagen de Dios) tiene un claro hito en Egipto. Aquí tenemos una serie de repersentaciones que parecen indicar que los egipcios tenían conocimientos de la glándula pineal asociados con un tercer ojo, u ojo espiritual. Por una parte tenemos la representación como un ojo único de Horus, el dios del Sol, hijo de Osiris e Isis (“el hijo del nuevo eón”) y como tal símbolo de la fusión de los opuestos –al igual que la glándula pineal yace en el centro del cerebro, entre los hemisferios y entre los dos ojos. Este símbolo parece haber evolucionado en el símbolo cristiano del Ojo de la Providencia (recordemos que Cristo es un avatar arquetípico de Osiris) y en el masónico del Ojo en la pirámide destruncada (el Ojo que Todo lo Ve). Ahí mismo tenemos el báculo de mando de Osiris, en el cual aparece un cono de pino con dos serpientes entrelazadas. Sin duda uno de los símbolos más poderosos de la historia, evocando el conocimiento, la medicina y  la alquimia –quizás en un preclaro atisbo, justamente a través de la visión interna, del ADN—y posiblemente también a la serpiente kundalini (una conexión entre Shiva y Osiris), la energía vital que se eleva desde los genitales hasta el trecer ojo y la coronilla, a su paso encendiendo y depurando los centros energéticos.

El cono de pino al parecer es un símbolo de la glándula pineal, activada a través del encauzamiento de la energía kundalini. La forma conífera de esta glándula hizo que se le llamara “pineal” o relativa al pino, según fue acuñado por el médico griego Galeno. La presencia del cono de pino puede observarse en el  báculo del Papa y en la misma Plaza de San Pedro, donde una inmensa estatua de cono de pino está rodeada de unos pavorreales (aves relacionadas con la divinidad en Egipto). Estos dos símbolos, el cono de pino y el ojo en un triángulo, aparecen en numerosas iglesias y templos alrededor del mundo. Por ejemplo, en la Catedral de la Ciudad de México puede observarse el Ojo de la Providencia en más de un altar y en los motivos pineales, que para el observador incauto podrían confundirse como meras decoraciones, en la estructura de la nave. Aunque también habría que decir que en la espiral que forman los conos de pino se ha observado la secuencia Fibonacci y la proporción del número áureo, así que además de esta connotación esotérica, tiene una armonía estética que podría atraer sin la necesidad de una significación oculta.

Es curioso que el padre del racionalismo –esa filosofía eminentemente atomista y dualista–, Rene Descartes, haya entrevisto, en lo que para sus críticos fue un delirio, un centro unitario espiritual en el cerebro humano. Descartes famosamente designó la glándula pineal como el asiento del alma. La paradoja es doble, el hombre que concibió el racionalismo (después de un revelador sueño) usó lo que a la postre parece ser más la intuición que el pensamiento racional para ubicar el tercer ojo. En todos los demás sitios Descartes encontraba la dualidad, menos en esta glándula pineal, la cual describió como una flama pura que era llenada por espíritus animales y la cual integraba la percepción humana. Este “gran error” de la anatomía filosófica de Descartes hoy en día parece como un destello de genio.

No pretendemos aquí comprobar la existencia del alma humana o que ésta se encuentra en la glándula pineal; sí buscamos formar conexiones significativas que inspiren a la exploración del simbolismo y del sentido de nuestra vida dentro del misterio. En este espíritu es interesante traer a colación el trabajo del Dr. Rick Strassman, una de las pocas personas que ha podido realizar estudios con dimetiltriptamina (DMT), una poderosa molécula de acción psicodélica que, según este médico de la Universidad de Nuevo Mexico, podría ser secretada por la glándula pineal y podría ser responsable de detonar lo que se conoce como experiencias cercanas a la muerte. Hay que enfatizar en que, pese a lo que a veces se dice, Strassman no ha probado que la glándula pineal genere DMT o que el ser humano lo secrete, muy similar en su composición a la serotonina, en el momento de su muerte. Sin embargo, Strassman sugiere que la glándula pineal cuenta con todos los precursores necesarios para generar DMT y es el asiento lógico de esta sustancia que por otro lado, como la melatonina, parece tener una relación con la generación de vívidas imágenes oníricas, parafraseando a Shakespeare, parece ser la “sustancia de la que están hechos los sueños”.

Curiosamente la ayahuasca, “la viña de los espíritus”, está compuesta de dos plantas que parecen tener alcaloides que son secretados de manera natural en la glándula pineal. Por una parte la chacruna, la planta que contiene DMT, y por otro lado la liana Banisteriopsis caapi, que contiene alcaloides conocidos como beta-carbolinas, los cuales actúan como inhibidores de la monamina oxidada y hacen activo el DMT vía oral. Alcaloides beta-carbolinas como la pinolina y la triptolina se forman en la glándula pineal de manera natural. Chamanes y sanadores que utilizan ayahuasca sostienen que sus visiones no son alucinaciones, ¿acaso esto se debe a que químicamente se consigue activar el tercer ojo en la glándula pineal?

Esta relación entre los espíritus y la glándula pineal tiene otra conexión, que para algunos podría ser solo una casualidad, pero que para otros apunta a que lo que decía Descartes podría ser una inesperada verdad metafísica. En los textos del Bardo Thodol (o Libro Tibetano de las Muerte) se dice que el alma reside en el mundo intermedio (en el bardo) por 48 días y en el día 49 reencarna en el feto humano. Aparentemente la glándula pineal puede ser detectada el día 49 en el feto humano,  más o menos el mismo tiempo al que se puede observar por primera vez los genitales de un bebé. Esto ha sido tomado, de manera especulativa y sin base científica, como una especie de guiño de que es a través de la glándula pineal que el alma –o aquella porción divina que posee al cuerpo—entra al mundo.  De cualquier manera merece una investigación más profunda.

Buena parte de las prácticas de meditación que conocemos, inundadas sin duda de la filosofía new age que transforma las viejas tradiciones en cómodas versiones pop que se ajustan a nuestra idiosincracia moderna occidental, se centran en la activación o al menos en la concientización de la glándula pineal (tercer ojo). Proliferan dietas, audiocassettes, canalizaciones, aparatos cuánticos y demás parafernalia ritualística dedicada a este “santo grial”  (o micro star gate) de la conciencia humana (algunos incluso aseguran activar tu glándula pineal por solo $9.99). Se habla al mismo tiempo de una supuesta conspiración mundial para mantener esta glándula en un estado de sopor masivo. Y ciertamente la mayoría de las personas adultas tienen la glándula pineal calcificada –algo que ha sido observado tempranamente en niños de hasta 2 años. Dentro de la teoría de la conspiración se cree que esto se debe al flúor que se utiliza en las pastas de dientes y que se ingiere en el agua potable de las ciudades –algo que aparentemente sería hecho de manera intencional por los Iluminati (¿quién más?) dueños  celosos del secreto del Ojo que Todo lo Ve,  para negar a las masas el poder de una glándula pineal sana (percibiendo el rostro verdadero) y activa en un mundo fantasmagórico, más allá de la ilusión de Maia-Matrix. No ahondaremos sobre este tema, harto complejo y pantanoso, que suele caer en la más obtusa paranoia; el lector puede aventurarse por su cuenta.

La pregunta fundamental es si el  tercer ojo, ubicado en la glándula pineal, esa puerta solar secreta en el cerebro humano, es solamente una metáfora de la iluminación (y de la aniquilación de la dualidad) o verdaderamente un órgano en estado de duermevela que puede activarse a través de ciertas técnicas arcanas y de una correcta interacción con la energía electromagnética que proviene del cosmos en la forma de fotones (la partícula que no tiene antipartícula, unidad cuántica de la información en su estado puro e indeterminado). Muchos de los grandes místicos de la historia de la humanidad han hablado metafóricamente de la iluminación haciendo referencia a un ojo que percibe lo que yace velado y que desencadena un cambio sustancial en la conciencia orgánica.

En el evangelio de Mateo (6:22) se dice  “La luz del cuerpo es el ojo; de esta forma a si tu ojo es uno, todo tu cuerpo estará lleno de luz”.

Se le atribuye a Buda haber dicho “Oh hombre de nobleza,  recuerda el cielo puro abierto de tu naturaleza verdadera. Regresa a él. Confía en él. Es tu hogar”, lo que se interpreta como una metáfora de la (re)apertura del tercer ojo –también simbolizado como una perla de luz azul.

William Blake en su poema Augurios de Inocencia, donde también describe un fractal (un mundo en un grano de arena) también habla sobre este misterioso ojo: “We are led to believe in a lie, when we see not though the Eye”. Una mentira nos guía cuando no percibimos con el Ojo, el Ojo que nació “cuando el alma dormía en rayos de luz”. ¿El Ojo que ha sido secuestrado por fuerzas oscuras?

Sir Thomas Browne lo evoca tangencialmente en una frase que siempre me ha parecido hermosa y enigmática: “Life is a pure flame and we live by an invisible sun within us” (“la vida es una flama pura y vivimos como por un sol invisible dentro de nosotros”). Ese sol invisible, en una interpretación libre, debe de ser el ojo secreto que participa en la luz divina.

Una última pincelada de esta relación entre el ojo y el Sol, según los Brahma Sutras, cuando un hombre es llevado más allá de la muerte “la palabra se convierte en fuego e ilumina, la respiración se convierte en viento y purifica, y el ojo se convierte en el Sol y arde”.

El misterio está cifrado en el lenguaje de los símbolos. La trinidad entre el Ojo, el Sol, y Dios es uno de los andamios simbólicos más profundos y enigmáticos.  Podemos hablar mucho sobre esta relación y hasta encontrar destellos poéticos de iluminación verbal, pero  no estaríamos más que rodeando una representación, sembrando un laberinto. Si queremos comprender el secreto de este misterio, tendremos que probar con nuestro propio cuerpo abrir ese ojo interno. Todo lo demás será solamente reciclaje metafísico en torno a un espejo, donde hay un ojo atrapado que no puede mirarse a sí mismo. O donde alguien cuenta una historia sobre una supuesta sociedad secreta que se hace llamar “los Iluminados”.

Twitter del autor: @alepholo 

El cielo en el cerebro: la fascinante relación entre la Luna y los neurotransmisores

El hombre cobra vida a través del qi del cielo y la tierra; madura al ritmo de las leyes de las cuatro estaciones.

El Clásico Interno del Emperador Amarillo

Cuando le preguntaron a Pitágoras qué era el tiempo, respondió que era el alma del mundo.

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Plutarco

Para el hombre antiguo era un hecho incontrovertible que su vida estaba ligada a los procesos astronómicos y a los ciclos estacionales que marcaban los astros. No sólo dependiendo del cielo y de la tierra –y de su relación de creatividad y receptividad– para cosechar sus alimentos, sino también para cultivar una vida sana y virtuosa física y mentalmente. El hombre, como parte de la tierra, también recibe del cielo la energía que le permite crecer. Esto era parte de una cosmogonía que tiene como piedra angular la visión del microcosmos como un espejo del macrocosmos: una filosofía natural perenne que encontramos presente en mayor o menor medida en todas las culturas antiguas. El hombre moderno, no sin arrogancia, ve en esto un rasgo del pensamiento mágico-primitivo que el pensamiento racional ha rebasado. Despojado de este espíritu, el paradigma médico del hombre occidental no toma en cuenta la influencia de factores ambientales y mucho menos cósmicos. Pero hoy sabemos, por experiencia propia, que la medicina occidental moderna es muy buena para atacar y extirpar padecimientos agudos, pero sufre cuando se trata de curar y no sólo aliviar los síntomas de enfermedades crónicas (las enfermedades del tiempo). Tradiciones de medicina antigua, por ejemplo la espagiria (alquimia vegetal) o la acupuntura, curan balanceando y despertando los procesos de autosanación del cuerpo; la medicina alópata moderna “cura” suprimiendo síntomas con fármacos que generan efectos secundarios en otros sistemas y órganos, porque estos no son concebidos como estrechamente interdependientes. Existen, sin embargo, señales de una mayor apertura a sistemas holísticos dentro de la ciencia médica occidental, especialmente a partir de recientes hallazgos en la epigenética, y particularmente en la cronobiología.

Como vimos en un artículo anterior sobre la cronobiología, existe una relación entre la cualidad particular del tiempo y la salud humana y su disposición y aptitud para realizar ciertas tareas. En otras palabras, no todos los momentos son iguales, y realizar cierta acción en determinado momento puede ser contraproducente o, en el sentido contrario, doblemente provechoso, siendo catalizada por la energía que predomina en ese momento (el universo como proceso de aikido). Ser conscientes de esto, de los cambios, de los ciclos y de las diferentes cualidades de los momentos, es ya un paso importante para armonizar el cuerpo y la mente, ahorrar recursos y almacenar energía.

Después de este acercamiento teórico, sigamos con una aplicación práctica de la cronobiología con la intención de comprobar que esta relación entre el hombre y el cosmos no es sólo analogía poética sino correlación energética.

La praxis de la Luna

Hace unas semanas entrevisté al doctor Mark Filippi, cuyo Método somático descubrí leyendo Present Shock, de Douglas Rushkoff, analista de medios que quizás sea el más legítimo heredero de Marshall McLuhan. Rushkoff empleó el sistema de Filippi, basado en una conexión entre las fases de la Luna y cuatro neurotransmisores básicos, para maximizar su desempeño escribiendo su libro (una especie de walk-the-talk, ya que uno de los temas del libro de Rushkoff es la importancia de tomar conciencia de los efectos que tiene vivir conectado a internet 24/7 y abandonar los ciclos naturales). Rushkoff explica cómo trabajó con este método en la escritura de su libro:

Usaba la primera semana de la Luna para organizar los capítulos, hacer entrevistas, y hablar con amigos y colegas sobre las ideas que estaba trabajando. En la segunda y más intensa semana, me encerraba en mi oficina, con una tarea definida, y lograba escribir la mayor parte del libro. En la tercera semana, editaba lo que había escrito, leía material nuevo y saltaba hacia cualquier sección que me llamara, probando ideas nuevas. En la última semana, revisaba la estructura y pasajes difíciles y reprogramaba la pesadilla que es mi sitio web. Mi propia experiencia es que mi productividad aumentó cerca de un 40%, y mi paz mental durante todo el proceso se transformó completamente para bien. Aunque esto resulte anecdótico para cualquier otra persona, ciertamente me convenció de seguir consciente de estos ciclos de ahora en adelante.

Filippi describe su sistema, en su concepción más amplia, como una conciencia de “la relación entre el mundo interior y el mundo exterior”. Esto basado en una interiorización del aspecto cuaternario que rige los ciclos en la naturaleza: cuatro estaciones, cuatro fases lunares, cuatro cuartos de hora, cuatro elementos, cuatro fases de la respiración, etc. El cuatro es parte esencial del ritmo y de la medición. “El cuatro es una constante en la forma en la que las cosas se organizan en la naturaleza y en cómo absorbemos información, dividiéndola en grupos de cuatro”, explica Filippi.

El método de Filippi es una continuación del trabajo de Irving Dardik, Joel Robertson y David Goodman, quienes, cada uno en su ámbito, han elaborado una teoría sobre las oscilaciones en el desempeño fisiológico, emocional y mental del ser humano. “Mi ecología se desprende de la confluencia del modelo de Goodman de cuatro fases y las ideas de Robertson sobre performance. También sé que existe una correlación con el sistema de acupuntura [esto es el sistema de acupuntura lunar que se describe en Clásico del Emperador Amarillo]”. Particularmente la historia de esta correlación entre la Luna y los neurotransmisores se origina en Goodman, quien en las últimas décadas ha recopilado minuciosamente información sobre sueños y estados emocionales en un diario propio y de diferentes sujetos de estudio. Goodman sugiere que existe un patrón: “Surgen cuatro cambios emocionales naturales. Estos los he reportado desde 1996 como: pasivo ascendente, activo ascendente, pasivo ascendente y activo descendente”. La idea de que estos ciclos emocionales están ligados a la Luna viene del libro Body Time (1971), de Gay Gaer Luce, en donde se propone la siguiente hipótesis:

Un sondeo calendárico de los síntomas de las personas sanas probablemente revelará que una sorprendente cantidad muestran oscilaciones en peso, vitalidad, desempeño óptimo, pesimismo, apetito, sueño; oscilaciones en brillantez y apagamiento, empeño y apatía, volubilidad e imperturbabilidad, malestar y robusto bienestar.

Efectivamente, Goodman documentó la presencia de estas oscilaciones, las cuales relacionó con una secreción dominante de neurotransmisores según la fase lunar. Con esto sentó las bases para explicar por qué las personas atraviesan diferentes estados de ánimo y de capacidad cognitiva sin que modifiquen sus hábitos: existen factores ambientales cíclicos que regulan la producción de nuestros neurotransmisores. Esto es importante ya que algunas personas después de sentirse deprimidas o especialmente ansiosas por unos días no tardan en hurgar en su gabinete de medicamentos. Es necesario señalar que el sistema de Filippi difiere del orden que Goodman estableció, sin embargo, después de ponerlo a prueba en reiteradas ocasiones, ha mostrado tener coherencia y arrojar resultados positivos.

El método somático de Filippi  no sólo está basado en la sincronización con el ciclo lunar, sino en una sincronización general de los procesos cognitivos, de manera interna y externa. Aquí, sin embargo, nos concentraremos sólo en la conexión entre las fases lunares y los neurotransmisores. La correspondencia básica es:

-Primera semana lunar: acetilcolina

-Segunda semana lunar: serotonina

-Tercera semana lunar: dopamina

-Cuarta semana lunar: norepinefrina (o noradrenalina)

Los neurotransmisores son mensajeros químicos que viajan en el espacio sináptico llevando información de neurona a neurona.  La mayoría de los neurotransmisores son sintetizados a partir de los aminoácidos presentes en nuestros alimentos, pero sabemos también que factores ambientales influyen en la conversión de estas moléculas neuromediadoras. Un ejemplo muy conocido es la disminución de la serotonina en invierno debido a la menor exposición al Sol, lo que produce el trastorno afectivo estacional; podemos observar aquí un efecto de carácter literal, la luz del Sol se convierte en serotonina, lo cual nos mantiene animados; la oscuridad nos deprime. Existen numerosos neurotransmisores, pero tanto Goodman como Robertson y Filippi identifican a la acetilcolina, la serotonina, la dopamina y la norepinefrina como los dominantes en cuanto a su influencia en el estado de ánimo y en el desempeño psicofísico. “Son diferentes sabores de coherencia”, dice Filippi, “y los cuatro vienen a ti todo el tiempo, pero uno es el principal en determinado momento”.

Algunas personas parecen tener una mayor inclinación hacia alguno de estos cuatro grandes dominios. “¿Cuál es tu tendencia? “¿Cuál es tu forma predominante de mostrarte en el mundo”, dice Filippi. “Conoce tu soma,  para que puedas adoptar una estrategia de refinamiento de las áreas en las que tienes cierta carencia natural”.

Se pueden seguir ciertas indicaciones para balancear una deficiencia en la producción de neurotransmisores, sin tener que tomar antidepresivos o buscar “highs” permanentes a través de cosas como el sexo y el deporte extremo. Por ejemplo, Joel Robertson, en su libro Natural Prozac, nos dice que escuchar a Bach es una forma de provocar la secreción de serotonina: nos produce una calma energética. Podemos también hacer reformas a nuestra dieta. Otra forma es simplemente estar conscientes del calendario lunar y de los picos y valles que seguimos en el curso de 1 mes (o el ciclo que determinemos, ya que algunos de nosotros podríamos estar un poco desfasados). Esto permite una especie de neurofeedback: si nos vemos reflejados en el espejo del cosmos, un bajón en nuestro desempeño no será recibido con frustración, sino aceptado como un proceso de regeneración en el que estamos participando colectivamente. Una marea externa que se vuelve interna.

Aunque el sistema de Mark Filippi tiene la virtud de incorporar multidisciplinariamente nuevos hallazgos científicos, personalmente lo que más confianza me da es que coincide en espíritu con las observaciones realizadas por el gran clásico de la medicina china: El Clásico Interno del Emperador Amarillo (Huangdi Neijing), para algunos la biblia de la acupuntura. En el texto atribuido al Emperador Amarillo, se dice:

Al principio de la luna creciente, el qi y la sangre se originan como esencia, y el qi de defensa se empieza a mover. Cuando el disco de la Luna está lleno, la sangre y el qi están repletos, los músculos y el tejido  firmes. Cuando el disco de la Luna se vacía los músculos y el tejido menguan, los conductos y los vasos se agotan y el qi de defensa se pierde.

La apariencia física existe por sí sola. Es por eso que uno sigue las temporadas del cielo para regular la sangre y el qi… Uno sigue la secuencia del cielo y los tiempos de abundancia y agotamiento. La posición [del qi] está determinada en observancia de los cuerpos celestes moviendo [la posición de su] luz.

Algunos verán superstición y pensamiento mágico en esta indicación que sirve como guía para modular la intensidad del tratamiento de acupuntura; otros (me incluyo) verán aquí una muestra de sabiduría milenaria, ya que este método sigue aplicándose con resultados avalados empíricamente después de más de 2 mil años en China y numerosos otros países en los que se practica medicina china.

El qi en la medicina china es un término que generalmente se traduce como energía o aire, pero que tiene también la connotación de “información” que puede dirigirse en el cuerpo (con el dao-yin) para reprogramar funciones orgánicas. Aunque evidentemente no es lo mismo, para fines prácticos podemos substituir qi por los diferentes neurotransmisores y descubrimos un patrón similar, el cual, por otro lado es marcado de manera literal por la misma Luna: más luz es más energía y claridad. Como en el cielo en la tierra, y como en los cuerpos celestes en el cuerpo humano.

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Los cuatro neurotransmisores y las cuatro fases lunares

Con el interés de que este método pueda ser estudiado de manera sencilla y llevado a la práctica, revisemos los efectos particulares de los distintos neurotransmisores y la clasificación que hace Mark Filippi en su sistema somático:

Filosomático—Acetilcolina-Luna Nueva/Cuarto Creciente:

La primera semana del ciclo lunar corresponde al neurotransmisor acetilcolina y a una inclinación filial. “Cuando estamos surcando en acetilcolina, nos volvemos más sensibles, más aptos a actividades grupales y más receptivos emocionalmente”, dice Filippi. Esta semana se caracteriza por mucha energía pero no tanta concentración. Rushkoff observa que en la semana de la acetilcolina “las personas tienen buena energía y vivacidad, es genial para introducirla a nuevas ideas”. La acetilcolina neurológicamente está asociada con la memoria y el aprendizaje (fármacos que suprimen los receptores de acetilcolina afectan la memoria y el aprendizaje). La luna nueva es el momento para iniciar nuevos proyectos, para sembrar plantas pero también ideas, imágenes e intenciones y aprovechar la energía ascendente.

Ontosomático—Serotonina—Cuarto Creciente/Luna Llena

La segunda fase de la luna, que va del cuarto creciente a la luna llena, corresponde a la serotonina. Esta semana se tiene mucha energía y además mucha concentración mental por lo que es ideal para la realización de trabajo creativo. Esta es la semana en la que Rushkoff escribió la mayor parte de su libro. Filippi recomienda encontrar un espacio solitario para aprovechar estos momentos de lucidez en los que nos acompaña nuestra musa. La serotonina participa en numerosas funciones orgánicas, incluyendo un rol principal en la digestión (por lo que muchas enfermedades gastrointestinales son tratadas con antidepresivos), pero está sobre todo identificada con regular el estado de ánimo. En la semana del cuarto creciente nos sentimos saciados y plenos. Este estado, sin embargo, puede desbordarse y desfondarnos si no encontramos ese espacio reflexivo para canalizar nuestra energía. En otras palabras, aunque muchas personas pueden sentir la atracción de utilizar (y dilapidar) esta energía socialmente, es un momento de trabajo y cultivación personal.

Ecosomático—Dopamina—Luna Llena/Cuarto Menguante

La semana de la dopamina, es una semana de distracción y divertimento, de involucrarse en actividades sociales y ecológicas, con una cualidad empática. La dopamina neurológicamente está asociada con las experiencias y los estímulos que producen las experiencias, el placer, la recompensa y la excitación. En la semana de la dopamina podemos aflojar y disfrutar lo que hemos hecho.

Exosomático—Noradrenalina- Cuarto menguante/Luna nueva

La semana en la que entramos en la fase de “huir o pelear” (fight or flight), un estado defensivo en el que instintivamente nos protegemos (ya que tenemos menos reservas). Hay mucho análisis, pero poca inspiración. “Es  un estado hiperbinario, unidireccional y agresivo”, dice Filippi. Rushkoff bromea con que es como la mentalidad de Barack Obama. Un regreso parcial al cerebro reptiliano. Si no dilapidamos nuestra energía, será más fácil superar esta semana de fragilidad nerviosa.

Elogio de la Luna (y un argumento personal a favor de la Luna)

La Luna en los sistemas simbólicos de la antigüedad regenteaba el agua. Sabemos científicamente que la Luna controla las mareas, coordina la menstruación y afecta la ovulación, la retención de orina, y se correlaciona con episodios de diarrea y problemas cardiovasculares. El ser humano, según nos enseñaron en la escuela, es mayormente agua. Esa agua compuesta que es la sangre lleva oxígeno (potencial de energía), nutrientes y productos neuroquímicos a las diferentes partes del cuerpo. Es concebible que la fuerza de la atracción de la Luna ejerza un efecto, aunque sea sutil, en este sistema de distribución. En el Clásico Interno del Emperador Amarillo se dice: “En la tierra hay arroyos, ríos,y océanos. En los seres humanos hay canales y meridianos. Todos ellos con influencia mutua”.

Apelamos aquí entonces a contemplar la posibilidad de que, aunque en un principio sea muy sutil y difícil de percibir, nuestra productividad y bienestar general pueden ser fácilmente mejorados siguiendo una práctica de armonización lunar, una especie de meditación distribuida a lo largo de 1 mes, cuyo fundamento es simplemente observar el tiempo (lo que Pitágoras llamaba “el alma del mundo”) y los efectos particulares que ejerce sobre nuestro organismo, suspendiendo la incredulidad de que somos independientes y estamos separados de los otros procesos naturales, que estamos en un río aparte, que corre solo, sin influencias. Juega con la idea que animaba la filosofía china: somos, como el emperador, el hijo del cielo. Realmente no tienes mucho que perder.

Cuando vivimos en un mundo que ha perdido la sincronía, que está fuera de tono, es apropiado recordar la frase de William Blake: “Debo de crear mi propio sistema o seré esclavizado por el sistema de otro hombre”. William Burroughs en The Revised Boy Scout Manual propone como primer paso para retomar el control de la realidad “proclamar una nueva era y desarrollar un nuevo calendario”. Rushkoff actualiza: “Si no sabes cómo funciona el sistema que estás usando es probable que el sistema te esté usando”.

Existe, por supuesto, una alternativa más tradicional y más segura a crear un propio sistema autónomo. Abandonar el sistema impuesto por el mainstream de la sociedad y encontrar, en equilibrio entre la observación individual –el conocimiento de uno mismo, “Know thy soma”, dice Filippi—y la observación de la naturaleza, un sistema integral. Uno de los sistemas milenarios que mejor ha sobrevivido el paso del tiempo –porque es un reflejo orgánico del tiempo mismo— es el calendario lunar. Las palabras mes, menstruación y moon, en inglés, todas tienen la misma raíz (medir). La Luna es un viejo reloj de luz y agua. Tanto los chinos como los hebreos siguen usando una base lunar para dar coherencia y estructura a sus vidas; los mayas, en su asombrosa percepción astronómica, también desarrollaron un importante calendario lunar; son innumerables las culturas antiguas que rigieron sus vidas por la Luna. El calendario lunar, además, tiene una ventaja, puede ser experimentado en el cuerpo (ese antiguo reloj interno), algo que muchas mujeres han comprobado, más allá de que esté o no legitimado por la ciencia.

Recordar, tal vez como aliciente, que la Luna en el mandala tibetano de la Rueda de la Vida es lo que señaliza una posibilidad de escapar del ciclo ilusorio del sufrimiento y la reencarnación; es un símbolo de la liberación del sistema impuesto. Buda meditando apunta a la Luna. Imagina esta paradoja: una experiencia temporal más coherente es lo que nos lleva a lo intemporal, a lo que no está sujeto ya a la impermanencia y las mutaciones.

Después de 2 meses siguiendo un protocolo lunar en mi trabajo y actividades, mi impresión es que el sistema de Filippi (que además coincide con los consejos del Emperador Amarillo) tiene una cierta coherencia, es decir, se ajusta elegantemente a los efectos de la Luna en la biología humana, aunque permita ciertas interpretaciones y variaciones en función de una adaptación individualizada. Siento una mayor energía y una mayor concentración cuando la Luna crece y una peligrosa plenitud en la luna llena (que puede derramarse y drenar si no se practica una especie de tensegridad), un sutil descenso en la función cognitiva y una mayor aprehensión en la fase menguante (que, sin embargo, se puede paliar si uno se relaja y no se obsesiona con la energía que pierde: entonces hay una pequeña y tranquila muerte al final del mes lunar).

A fin de cuentas, el calendario no debe convertirse en un dogma o en un determinismo cronobiológico, sino en una plantilla que nos permite organizar mejor nuestras actividades y catalizar la cualidad vibrante (el qi) del tiempo. El hecho de observar los efectos y las correlaciones entre las diferentes fases y estaciones de la naturaleza y nuestro cuerpo y mente es probablemente la virtud principal de este ejercicio de cultivación de la salud a través de la regulación energética y emocional. Genera el efecto, que no deberíamos desestimar como secundario, de crear conciencia corporal de nuestra relación con la naturaleza y el cosmos. Nos regresa ese sentido asombroso de pertenencia: nuestros actos tienen más sentido y profundidad cuando están unidos a los procesos del universo.

Twitter del autor: @alepholo

Carl Jung sobre Dios, la muerte y la importancia de encontrar significado en una memorable entrevista

A 54 años de su muerte, recordamos a Jung con la que tal vez sea la entrevista más emotiva y memorable que se tiene documentada en video
Por: Alejandro Martinez Gallardo

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Carl Jung es una de las personas que más han hecho para restaurar el alma en el mundo moderno e incrementar la conciencia del ser humano. O como dice esta memorable entrevista de la BBC : “La historia lo recordará como uno de los médicos más grandes de todos los tiempos”. Y es que Jung era psiquiatra, pero sabía, como uno de sus grandes precursores, el también suizo Paracelso, que “aquel que cura el alma es más grande que aquel que solo cura el cuerpo”. Jung, sobra decirlo, es entrañable y sinceramente apreciado en Pijama Surf, por lo que publicamos esta entrevista este 6 de junio en el que se cumplen 54 años de su muerte. La entrevista fue realizada en su casa en el Lago Zurich en 1959, lugar en el que Jung construyó un pequeño castillo: la Torre de Bollingen, donde inscribió una serie de enigmáticas frases de alquimia y filosofía. Es un placer ver a Jung a los 84 años hablar sobre su vida y su trabajo con una lucidez y una serenidad que muestran cómo sus experiencias se convirtieron en sabiduría

Jung narra el primer momento en el que tomó conciencia de su propia individualidad, a los 11 años, lo que describe como “salir de una niebla” para decir con asombro y firmeza: “yo soy, yo sé que soy”. Jung dice, ante la pregunta de si cree en Dios, que no necesita creer: “Sé”.

Es fascinante notar cómo su interés infantil por la arqueología, como si fuera una señal de su propio daimon o por lo menos un heraldo de su vocación, se transformó en su estudio de la profundidad de la psique humana, específicamente de los arquetipos y el inconsciente colectivo, una forma de arqueología de la mente. O ese “aspecto impersonal de la psique”, como dice en la entrevista, al contar también cómo surgió su idea del inconsciente colectivo después de relacionar lo que le dijo un paciente esquizofrénico sobre el origen del viento en el Sol con una liturgia mitraica que encontró en un libro publicado posteriormente, la cual hacía exactamente la misma referencia pero que no podía haber sido consultada por su paciente ya que no existía una traducción antes de esa fecha.

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“Hay partes de la psique que no están limitadas al tiempo y al espacio”, explica Jung, por lo cual no podemos estar seguros de que la muerte es el final y es concebible que la psique siga existiendo en alguna forma de vida más allá del tiempo y el espacio. Esto está relacionado con su filosofía de que debemos de ver a la muerte como el objetivo, “la gran aventura que yace por delante”, y no como algo de lo cual se debe huir. Pensar sobre la muerte, pensar de esta forma, “hace que nos sintamos mejor”, dice Jung, haciendo eco de la idea de Sócrates de que la filosofía es esencialmente “una meditación sobre la muerte”; la muerte es lo que da significado a nuestra vida  y nos coloca en el centro de la reflexión sobre la naturaleza del alma.

La parte climática de la entrevista viene cuando el periodista John Freeman le pregunta: “Mientras que el mundo avanza hacia mayor eficiencia técnica, parece cada vez más necesario que las personas se comporten colectiva y comunalmente, ¿cree usted  que es posible que el máximo desarrollo del hombre sea sumergir su propia individualidad en una forma de conciencia colectiva?”, a lo que Jung  contesta:

Eso es poco probable. Creo que habrá una reacción –una reacción se establecerá en contra de esta disociación comunal. ¿Sabes?, el hombre no soporta para siempre su anulamiento. En algún momento, habrá una reacción, y la veo estableciéndose cuando pienso en mis pacientes, todos buscan su propia existencia y afirman su existencia en contra de una completa atomización hacia la nada o hacia la falta de significado [meaning]. El hombre no puede soportar una vida sin significado.

Así acaba de manera apropiada esta entrevista con una de las grandes enseñanzas de Jung: que el hombre necesita encontrar significado para poder continuar su camino en el mundo. Sin significado no hay salud, no hay evolución, no hay crecimiento espiritual. Más allá de las necesidades materiales de subsistencia, la psique necesita también satisfacer sus necesidades y es capaz de subordinar a la materia con tal de conseguir lo que necesita. De no encontrar este significado (o sentido, el término meaning admite ambas traducciones), ese alimento vital de la psique, la existencia se desvanece y marchamos como autómatas hacia el Leteo. Tal vez esto ocurre porque el significado es el campo a través del cual la psique habita en el mundo o, dicho de otra forma, el significado es la forma en la que el alma se hace manifiesta. El significado es en el pensamiento de Jung, haciendo eco de la traducción de Richard Wilhelm, lo mismo que el Tao.

Twitter del autor: @alepholo

Fuente: http://m.pijamasurf.com/2015/06/carl-jung-sobre-dios-la-muerte-y-la-importancia-de-encontrar-significado-en-una-memorable-entrevista-video/

Sincronicidad: el significado de las coincidencias en un universo espejo

Investigamos a fondo la sincronicidad, uno de los grandes enigmas del universo: ¿cuál es el significado de las coincidencias? ¿pueden haber eventos sin causas? ¿borran las sincronicidades la frontera entre el mundo de los sueños y el mundo despierto? ¿Seguir las sincronicidades, los signos sutiles en el camino, nos puede llevar al Tao?

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Uno de los aspectos más enigmáticos y cautivadores del universo en el que vivimos es la sincronicidad. A todos nos ha pasado en alguna ocasión una coincidencia tan improbable que nos resulta ominosa, mágica, epifánica o perturbadora. Conexiones entre sucesos, personas e información que trascienden la realidad convencional: como si las cosas tuvieran hilos invisibles que sólo por momentos  —en estados de conciencia elevados o por una misteriosa alineación— podemos vislumbrar.

Aunque el concepto de sincronicidad existe al menos desde el tiempo de los Vedas, fue el psicólogo suizo Carl Jung quien acuñó el término e inició el estudio de este fenómeno de manera rigurosa, si no científica: la dificultad de abordar la sincronicidad desde una metodología solamente científica yace en que los eventos que se concatenan lo hacen sin tener una causa, al menos no una causa que podamos encontrar dentro de los límites de la física clásica y de un universo mécanico. Consciente de la vastedad y elusividad del principio de la sincronicidad, Jung ensayó diversas definiciones a manera de un acercamiento teórico. Empezando desde lo más general y sintético podemos decir con Jung que la sincronicidad es “la ocurrencia temporal coincidente de eventos acausales”, que es un “principio de conexión acausal”, una “coincidencia significativa” o que es un “paralelismo acausal”.

Pero la sincronicidad para Jung va mucho más allá de estas someras descripciones. Toca y se entronca con los campos más profundos de la mente humana, siendo en muchos casos una manifestación externa del inconsciente colectivo, a veces materializada a través de símbolos. Jung creía que las “coincidencias” no solo estaban gobernadas por el azar —siendo que su probabilidad de suceder era tan poca que podrían considerarse estadísticamente significativas— sino por una dinámica más profunda. Coincide en esto con el texto gnóstico del Kybalion, que dice: “Azar no es más que el nombre que se da a una ley desconocida; hay muchos planos de causación”. Y para ampliar la madeja de posibles conexiones, recordemos que Don Juan le dice a Carlos Castaneda, como si fuera un experto jugador de póquer de realidades alternas, que la suerte es una forma de poder.

Al igual que su concepto de los arquetipos, Jung, lo mismo que el físico Wolfgang Pauli, pensaba que la sincronicidad era una expresión de lo que llamaba unus mundus, una realidad unificada subyacente de la cual todo lo que vemos emerge y a la cual todo regresa. Este unus mundus es similar a la teoría de la mecánica cuántica de David Bohm expuesta en La Totalidad y el Orden Implicado, en la que se postula la existencia de una especie de mar universal de energía infinita del cual se desdobla —o se ex-plica— el mundo material fenoménico que percibimos, el cual apenas es una ondulación en la superficie de lo inconmensurable. Para Jung la improbable pero significativa coincidencia de una sincronicidad era posible por el hecho de que tanto el observador como el evento observado a fin de cuentas brotan de una misma fuente, del unus mundus. Es decir, la conexión acausal, a distancia, sin la aparente acción de una fuerza física (conocida) sería posible porque en profundidad todos los eventos y todos los sujetos que perciben un evento no son más que la misma cosa. El uno es el otro: es el mismo. “We are like islands in the sea, separate on the surface but connected in the deep”, dijo à propos William James. Es como si todo lo que ocurriera en el universo en realidad ocurriera dentro de una sola mente, que por momentos y siempre en la superficie, padece una esquizofrenia omnipotente. Pero más allá de sugerir esta idea un tanto trillada de la unidad subyacente, del todo en cada parte, del holograma que se proyecta en el mundo, en fractales, invetiguemos la sincronicidad y deshebremos el misterio de la coincidencias.

Cables de un Universo Paralelo /¿Qué hay detrás de una coincidencia? 

Después de esta breve introducción al fascinante mundo de la sincronicidad, entremos en materia. Aquí lo interesante son las sincronicidades, las experiencias, lo que se vive y mistifica.  Estoy seguro de que todas las personas que están leyendo este texto sobre la sincronicidad —el cual pretende ser un espejo— han sentido el asombro medular de descubrir que una coincidencia en sus vidas tiene un significado oculto. Es decir, que más allá de lo inefable y extraño que puede ser que yo me haya encontrado en la calle a una persona que no había visto hace años justo después de haber soñado con ella la noche anterior, o de que por alguna razón decido abrir un libro y en esa página “azarosa” me encuentro con la palabra extacta que  antes ya flotaba en mi mente, o tal vez estoy considerando viajar y salgo a la calle y veo las placas de un coche que dicen LSD, estas co-ocurrencias nos están diciendo algo, el universo o nosotros mismos estamos queriendo comunicar algo, algo que va más allá de la trivialidad cotidiana en la cual generalmente nos movemos. Veamos algunos ejemplos.

En su ensayo Synchronicity (1952) Jung relata un evento sincrónico  que ha pasado a ser un referente:

Una joven paciente soñó, en un momento decisivo de su tratamiento, que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras ella me contaba el sueño yo estaba sentado de espaldas a la ventana cerrada. De repente, oí detrás de mí un ruido como si algo golpeara suavemente la ventana. Me di media vuelta y vi fuera un insecto volador que chocaba contra la ventana. Abrí la ventana y capture a la criatura mientras volaba hacia el interior de la habitación . Era la analogía más próxima a un escarabajo de oro que pueda darse en nuestras latitudes, a saber, un escarabeido (crisomélido), la Cetonia aurata, la «cetonia común», que al parecer, en contra de sus costumbres habituales, se vio en la necesidad de entrar en una habitación oscura precisamente en ese momento. Tengo que decir que no me había ocurrido nada semejante ni antes ni después de aquello, y que el sueño de aquella paciente sigue siendo un caso único en mi experiencia.

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Jung and the golden beetle from Elisa Navarro on Vimeo.

Jung interpretó que la aparición material de un escarabajo onírico tenía un contenido simbólico altamente significativo para el presente de su paciente. El escarabajo es un símbolo egipcio del renacimiento —algo que la psique dentro de un proceso de sanación o de alquimia necesita experimentar: morir para renacer en su sí mismo; los símbolos son el lenguaje de los sueños. Esta afirmación en la realidad “objetiva” de la imaginación subjetiva nos sugiere que la sincronicidad podría actuar como un vaso comunicante entre el mundo de la vigilia y el mundo de los sueños, erradicando, al menos parcialmente, la brecha supuestamente insalvable entre estos mundos. Según Braud y Anderson, la sincronicidad es  ”una coincidencia significativa entre un estado interno, usualmente de necesidad, y un evento externo inexplicable que corresponde a/o responde la necesidad”.

Siguiendo este tren de ideas podemos hablar de algo como un “dreamwake continuum“, similar a Alcheringa, el “Tiempo del Sueño” de los aborígenes australianos, en el que se disuelven las fronteras entre lo que soñamos y vivimos, es más, lo que hacemos soñando se filtra a la realidad y se convierte en lo que vivimos —posiblemente las ideas platónicas y los arquetipos que gobiernan el mundo en la psicología jungiana se proyecten a nuestra realidad desde estos espacios astrales de ensueño. El mismo Jung percibió esta analogía creativa en la sincronicidad: “La sincronicidad en sentido estricto solo es un caso especial de un orden general acausal que da lugar a actos de creación en el tiempo“. De manera más poética, Octavio Paz había dicho: “Hay que dormir con los ojos abiertos /hay que soñar con las manos/soñemos sueños activos de río/buscando su cauce/sueños de sol soñando sus mundos”.  Una disciplina etérea probablemente rendirá frutos: las imágenes que generamos en el fuero interno —con el fuego interno— se podrán volver vibrantes edificios para experimentar los deseos narrativos más profundos de nuestro espíritu.

Regresando a las experiencias puntuales de sincronicidad —y es inevitable tomar excursiones momentáneas para conectar diversos aspectos, cauces no lineales que confluyen simultáneamente tejiendo un mandala más complejo— recordemos que Jung escribió que el caso del escarabajo dorado fue el más sobresaliente ejemplo de sincronicidad que vivió. Tal vez esto sea cierto pero quizás haya una sincronicidad entrelazada a Jung aún más sorprendente. En el marco del 40° aniversario de la muerte de Carl Gustav Jung, la Dra. Irene Gad contó la siguiente anécdota sincromística:

La tarde en que Jung murió, una gran tormenta eléctrica estalló sobre su casa en Künsnach, como si la naturaleza misma se hubiera movilizado a reconocer el evento. Y casi justo en el momento en el que murió, un relámpago atronó su árbol favorito en el jardín. Algunos años después Laurens van der Post estaba haciendo una película sobre la vida de Jung. La última secuencia iba a a ser filmada en la casa de Jung.

Laurens van der Post continúa:

Cuando llegó el momento de hablar directamente a la cámara de la muerte de Jung y  empecé a describir cómo un rayo demolió su árbol favorito, otro rayo cayó en el jardín. El relámpago sonó tan fuerte que me produjo un sobresalto. Y hasta la fecha, el sobresalto, el relámpago y el impedimento de habla que me provocó pueden ser vistos en la película, así como el rayo aparece en la pantalla sobre el lago atormentado y los árboles agitados por el vendaval.

El relámpago, se sabe, es el símbolo de la divinidad suprema en diferentes culturas y  evoca una especie de muerte luminosa. El árbol evidentemente es el símbolo más común de la vida. Jung se habría servido un festín simbólico para analizar esta, su última sincronicidad. De cualquier forma parece una tributo merecido del universo —un broche de oro Ouroboros— que el padre de la sincronicidad haya dejado el mundo con una sincronicidad tan especial. Un sí celestial,  una caravana cósmica o un dios que le cierra el ojo. Y a la vez el rayo en el cielo como un eterno signo de interrogación, de un enigma que pese a tener un momento de desnuda claridad, sigue ahí.

SINCRONUMEROLOGÍA

Los númenes de la sincronicidad, esos geniecillos de las manecillas de la realidad, también habitan en los números. Uno de los casos más comunes en la actualidad es el fenómeno del 11:11. Cientos de miles de personas, acaso por la sugestión mental del New Age o por un código planetario en aras de activarse,  reportan tener momentos epifánicos constantemente detectando esta hora. “Sí, la sincronicidad. Estás codificando tu propia vibración y permitiendo que tu conciencia te recuerde que estás en esa vía,  cuando estás en esa frecuencia. Algunos individuos usan diferentes números en diferentes momentos”, dice Bashar. Lo interesante de esto es que el llamado reloj biológico interno parece derramarse, como el tiempo líquido de Dalí, hacia el mundo externo, el cual, entonces, se convierte en nuestro espejo —un espejo como el de Alicia.

La sincronicidad numérica más popular en las dimensiones que frecuentamos en Pijama Surf es la del número 23, la cual ha sido popularizada por Robert Anton Wilson, uno de nuestros escritores favoritos:

Escuché por primera vez sobre el enigma del 23 de William S. Burroughs, autor de  Naked LunchNova Express, etc. Según Burroughs, él había conocido a un tal Capitán Clark, cerca de 1960 en Marruecos, quien había presumido haber navegado 23 años sin accidentarse. Ese mismo día, el barco de Clark tuvo un accidente que mató a todos abordo.  Cuando Burroughs estaba pensando en este crudo ejemplo de la ironía de los dioses, esa tarde, un boletín en la radio anunció el choque de un avión en Florida. El piloto era otro capitán Clark y el vuelo era el 23.

El caso del número 23 en la mente de uno de los escritores más psicodélicos pero también uno de los menos crédulos nos conduce a un extraño túnel de realidad:

El 23 de julio de 1973 tuve la impresión de ser contactado por algún tipo de inteligencia avanzada del sistema estelar binario de Sirio. He tenido extrañas experiencias psíquicas como esa durante algunos años y siempre las registro cuidadosamente, pero me niego a tomarlas literalmente, hasta que o solo si obtengo evidencia de naturaleza objetiva que las sustenta.

Anton Wilson descubrió que el 23 está estrechamente asociado a Sirio. Los sacerdotes egipcios empezaban sus rituales dedicados a esta estrella (a su vez asociada a una divinidad) el 23 julio, fecha en la que empiezan los días de la canícula. Sirio está en la constelación del Canis Mayor. Anton Wilson encontró múltiples coincidencias relacionadas con Sirio, el número 23 y ciertos fenómenos que ocurrieron en su vida (algunas de las cuales pueden consultarse aquí). Quizás lo más sobresaliente fue el encuentro del libro The Sirius Mystery, en el que Robert KG Temple propone, investigando a la tribu africana de los Dogon y su aparente conocimiento del sistema estelar binario de Sirio sin contar con herramientas tecnológicas que lo hiceran posible, que un contacto entre una civilización proveniente de Sirio y la Tierra ocurrió cerca del años 4500 AC. Algunos años después Anton Wilson, autor del libro Illuminatus! Trilogy, desestimó su creencia temporal de haber recibido comunicación astral y la atribuyó a diversos factores más terrenales. Como parte de su espíritu agnóstico, sin embargo, tampoco la descartó del todo.

Añadiendo un poco a este telar de conexiones, se me ocurre que el número 23 en nuestra época está sobre todo relacionado con Michael Jordan, quien lo usó inmortalmente en el dorso de su jersey. Curiosamente Jordan y sus Chicago Bulls durante años salieron a la cancha en la oscuridad con la canción “Sirius” de Alan Parsons Project. Este track en el disco original está mezclado con el track “Eye in the Sky”, el cual remite al Ojo que Todo lo Ve, al Ojo de Horus, que actualmente se asocia con la mítica y un tanto cómica sociedad secreta de los Iluminati, la cual tuvo en Robert Anton Wilson a su máximo crítico.

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UN EJEMPLO PERSONAL DE SINCRONICIDAD

Por mi parte quisiera compartir una sincronicidad reciente y abrir su escurridizo significado a la inteligencia colectiva.  Una de las motivaciones para escribir este artículo sobre la sincronicidad fue que la semana pasada me encontré con este texto de Erik Davis. El autor de Techgnosis cuenta cómo al final de un Rainbow Gathering en los 90, antes de ir a buscar su auto y regresar a “Babylon”,  aún colocado (por no sabemos qué sustancias) se detuvo ante un pequeño círculo donde un hombre de barbas con un vestido sacerdotal entonaba un himno a Ahura Mazda, Dios de la Luz precursor de Zoroastro. “Ahura”, según explica Davis, significa “Señor”,  y “Mazda”, según su raíz proto-indoeuropea, “sabio”; el hombre que cantaba comentó que los nombres de muchos dioses resuenan con el chakra del corazón: Anahata. El himno hizo a Davis sentir “la confianza luminiscente del amor abstracto”. Después de un rato siguió hacia afuera del lugar donde se había celebrado la fiesta Rainbow. En el estacionamiento las cosas parecían dejar su estado encantado para regresar a la realidad mundana. Ante de llegar a su vehículo, un poco perdido en estas divagaciones, un auto en reversa casi lo atropella. Alarmado por este estímulo repentino Davis inmediatamente reconoció encima de la placa la marca del auto: Mazda.

Leer esta anécdota sincromística me pareció interesante, pero seguramente no la estaría relatando aquí sino hubiera visto, poco después de terminar de leer el artículo, el like de una chica llamada Aura Mazda a un artículo de Pijamasurf que publiqué en Facebook  (una chica que, por cierto, parece ser un avatar).

Ya con la consigna en mi mente de escribir sobre la sincronicidad, el siguiente día me aprestaba a visitar a un viejo amigo que hace regresiones utilizando un sincretismo entre el psicoanálisis jungiano y las tradiciones ocultas mesoamericanas. No recordaba cómo llegar a su casa y la zona en la que estaba me era poco familiar, por lo cual en el camino llamé  a otro amigo que conocía bien la dirección.  Sentí un escalofrío cuando me dijo, “la salida es después de la Mazda” .

No sé sinceramente si este episodio tenga algún significado profundo. Algunas personas señalan que las sincronicidades fundamentalmente son formas de darnos cuenta de que vamos por el camino indicado: nuestro propio camino, siguiendo nuestro propio guión, guiños del cosmos. Quizás esto es lo que me estaba comunicando. Aunque tal vez hay algo que debo descubrir sobre Ahura Mazda, la divinidad luminosa del primer sistema teológico dualista que se conoce. Posiblemente el motivo de la sincronicidad era simplemente que ocurriera para que la pudiera escribir en este artículo y generar una nueva cadena de enlaces y enigmas. Y tal vez de alguna manera me programé para experimentar esta sincronicidad, sabiendo que estaba por escribir sobre la sincronicidad —algo que de cualquier forma deja la interrogante de cómo mi mente fue capaz de materializar una serie de eventos aparentemente externos en los que se reflejara el código de Ahura Mazda. Y sí, estoy pensando en tal vez adquirir un auto, un Mazda que me lleve por esas frecuencias —o, en palabras de un colaborador de PijamaSurf: “Por la supercarretera de la poiesis holográfica en el ámbito de la hiper permeabilidad”.

Y EN EL ORIGEN FUE LA CONEXIÓN: HILOS DEL LOGOS SPERMATIKOS

La mente puede desmonronarse junto con el cuerpo que lo sostiene pero la relación subsiste, indeleble. Los brahmanes creyeron que creando un edificio de conexiones habían derrotado a la Muerte, como su antepasado Prajapati

Roberto Calasso, Ka.

Según relata la literatura védica, una de las primeras cosas que creó Prajapati (Brahma), en un mundo aún inmaterial y evanescente, fueron las equivalencias, las sampad (“aquello que cae conjuntamente”). Aquí el relato de la Creación de Prajapati que hace Roberto Calasso:

En torno suyo todo era nuevo y, al girar la mirada,  podía ver aún detrás de las manchas de la vegetación, detrás de las siluetas de las rocas, un número, una palabra, una equivalencia: un estado de la mente que se adhería, se mezclaba con otro estado. Como si cada estado fuese un número. Esta era la equivalencia primera […]  y entonces vio que la vasta dispersión de todo lo que vivía, y sobre todo moría, podía articularse en relaciones que no se deteriorasen. Lo que ve la mente cuando establece una relación lo ve para siempre.

Este solo párrafo es un fractal del universo. Es notable que Jung pensará que el misterio de la sincronicidad tenía una raíz numérica,  pitagórica en cierto sentido:  ”Siento que la raíz del enigma puede encontrarse en las propiedades de los números enteros”,  escribió en una carta el suizo. Por otro lado, a lo que asistimos aquí es algo similar a la codificación de la Matrix. Un código fuente que se percibe detrás de la naturaleza (de “las manchas de la vegetación),  números, palabras y correspondencias que preceden al mundo material,  de la misma forma que está página que observas tiene un código de números y palabras (y relaciones entre ellas) que se “materializa” como la imagen que ves en tu pantalla. Lo que Calasso describe, basándose en la literatura brahmánica, es el evento primordial de programación de la naturaleza.

El budismo Mahayana tiene un concepto análogo a la sincronicidad, el Pratītyasamutpāda, un término que hace referencia a que todos los fenómenos emergen conjuntamente en una red interdependiente de causa y efecto, si bien las causas generalmente son invisibles, ya que pueden ser manifestaciones kármicas, de vidas pasadas o incluso de seres distantes en el universo. En palabras de Borges, pueden provenir “de una antigua inocencia, de su propia raíz o de un dios disperso”.

Seguimos hipervinculando la madeja, ya que de esto se trata este ensayo y quizás el universo: de formar nuevas y más vibrantes conexiones. Y la imagen suprema de la madeja conectada es la Red de Indra, una metáfora utilizada hace 3000 años en los Puranas para describir la interconexión de todos los seres y todos los fenómenos del universo. Es junto con el Aleph, el Ave Simurg, la Mónada, el holograma, el fractal, el círculo sin circunferencia cuyo centro está en todas partes, una de las imágenes superlativas que ha conjurado el hombre para de alguna manera significar o evocar la unidad divina del universo. Así describe Alan Watts la Red (o collar de perlas) de Indra:

Imagina una telaraña multidimensional en la mañana temprano, cubierta con gotas de rocío. Y cada gota de rocío contiene el reflejo de todas las otras gotas de rocío y, en cada gota reflejada, el reflejo de todas las otras gotas de rocío en ese reflejo. Y así hasta el infinito. Esa es la concepción Budista del universo en una imagen.

¿Qué tiene que ver esto con la sincronicidad? Por un lado la sincronicidad postula la interconexión de eventos que ordinariamente no podrían estar conectados. Pero si el universo de algún manera misteriosa es un “caer conjuntamente” (del unus mundus) donde cada evento refleja todos los demás eventos, donde cada ser que percibe refleja a todos los demás seres que perciben y todas las percepciones que han tenido, entonces sería coherente pensar que lo que nos sucede puede estar siendo influido por una serie innumerable de factores —ya que estamos instrínsecamente correlacionados con la totalidad de la existencia.

La frase latina ”Congruo est occultus compages subter supter animadverto“, que puede traducirse como “La coincidencia es la arquitectura oculta de la realidad”, difundida en el show The Mentalist, parece describir lúcidamente este antiguo principio  de creación a través de la cohesión (la coincidencia es también la congruencia de nuestros actos).

El concepto de “glitches in the Matrix” o fallas en el sistema viene a la mente. Pero más que fallas tal vez sean transparencias (hendiduras en el velo de la diosa Maia). Quizás las sincronicidades sean los momentos en los que nos topamos con aquellas equivalencias originales, las correspondencias, un tanto desvaídas y caliginosas, que tejen este universo  —eminentemente mental— y que hacen que no se desintegre. “Como arriba es abajo”, reza el adagio hermético. Como adentro es afuera, podríamos decir hoy con la neurociencia. Son la cohesión de la ecuación. Equivalencias como vigas con las cuales se construye la realidad. Y las cuales nos llevan a coincidir, a unirnos y trascender la dualidad.

PASOS HACIA UNA CIENCIA DE LA SINCRONICIDAD (HACIENDO VISIBLE EL PEGAMENTO CÓSMICO)

Hasta aquí hemos visto que el universo en el que vivimos se nos suele presentar con una serie de coincidencias que desafían los límites ordinarios de la razón y de la realidad. Y que estas coincidencias parecen tener un contenido informativo importante para la persona que experimenta una sincronicidad. También hemos visto que es posible que estas sincronicidades sean relumbres del hilo con el que se tejió el mismo universo. Cifras de un origen colectivo, de una maraña inextricable, de una coeternidad que aún rezuma detrás de la persistente ilusión del tiempo. Ahora veamos, desde una perspectiva moderna, qué fuerzas pueden estar en juego para que se genere una sincronicidad y consideremos algunas alternativas para entender y asimilar este entrañable fenómeno.

Entrelazamiento Cuántico

Uno de los aspectos más extraños de la física cuántica es el entrelazamiento que se da entre partículas subatómicas. Dos fotones, por ejemplo, pueden compartir una misma existencia no obstante lo lejos que estén entre sí, como si estuvieran unidos por un cordón umbilical invisible o una onda que, en teoría, se puede propagar por todo el universo. Esto se refleja en que un intercambio de información entre dos partículas entrelazadas sucede de manera instantánea no obstante que estén a una distancia casi infinita (algo que se ha comprobado, dejando perplejos a físicos como Einstein, en numerosas ocasiones). Esta propiedad de la materia subatómica quizás pueda extrapolarse al mundo macroscópico: sería una explicación plausible de la telepatía y de las sincronicidades que comparten más de una persona o de las que se tienen con algún objeto distante.

Resonancia Mórfica

La teoría de la resonancia mórfica y de los campos morfogenéticos desarrollada por el biólogo Rupert Sheldrake sugiere que las especies biológicas comparten campos de información que no solo se transmiten genéticamente, sino que existen, como una memoria inmaterial, en la naturaleza. Podemos sintonizar estos campos de información como si fueran frecuencias de radio abiertas en el cuadrante del planeta. Sheldarke considera que lo que determina la fuerza con la que se transmite una señal es su nivel de repetición dentro de una especie. Esto es, aquello que ha sucedido una vez tiene mayor posibilidad de volver a suceder, pero esto abarca todo los fenómenos de la existencia humana: el que yo haya pensado en que la resonancia mórfica es una de las posibles explicaciones para la sincronicidad, ya que postula que nuestras mentes están almacenadas en una nube de computación interplanetaria, hace más posible que alguien piense esto, aunque jamás haya tenido contacto conmigo. Evidentemente existe una relación entre el concepto de inconsciente colectivo de Jung y los campos morfogenéticos de Sheldrake. Pero también las sincronicidades podrían ser resonancias mórficas, momentos en los que sintonizamos con mayor intensidad las mentes de otras personas o la mente global. De ser cierta la teoría de Sheldrake, permanentemente estaríamos viviendo sincronicidades y comunicación telepática, acaso sin notarlo conscientemente.

De manera resonante al campo mórfico de información de Sheldrake existe en la filosofía hindú el concepto de Akasha, una especie  de registro o biblioteca cósmica que almacena toda la información del universo.  Akasha, que significa éter, estaría, como el Internet, distribuido uniformemente por todo el espacio, de tal forma que en cada parte uno se puede conectar con el todo (con toda la Red).

Es posible que los eventos de sincronicidad estén determinados por un factor de resonancia. Quizás nuestra conexión con cierta información y ciertas personas ocurre cuando vibramos a la misma frecuencia. Según la Dra. Amy Lanksy, las personas que dicen tener habilidades psicoquinéticas describen su experiencia como una “sensación de resonancia con esos objetos” (los objetos que mueven).

Algo similar ocurre con la homeopatía, una controversial rama de la medicina que básicamente sostiene curar a través de sustancias que generan los mismos efectos que la enfermedad, es decir, que resuenan o vibran en la misma frecuencia de esa enfermedad. Curiosamente algunas de las medicinas usadas en la homeopatía no contienen casi nada de la sustancia original de la cual buscaban imitar sus efectos, solamente resuenan en la misma frecuencia. La sincronicidad podría ser una especie de “homeopatía semántica”, información resonante.

Esta resonancia de nuevo nos remite a la explicación inicial de Jung de la sincronicidad como algo que hace manifiesto la unidad subyacente. Al resonar con algo en cierta forma nos convertimos en ese algo, ya que habitamos en la misma frecuencia, una co-vibración del ser que es más profunda que nuestra personalidad temporal o nuestro ego.

Abro el libro Ka de Calasso y encuentro la siguiente frase: «”Uno se convierte en aquello que piensa, he aquí el eterno enigma”, según dicen los textos [védicos]. Quien conoce se transforma. No es pleno conocimiento aquel que no hace que uno se convierta en aquello en que piensa».

Si te pienso, ¿soy tú?

Si conocemos a alguien o algo, entonces tal vez somos ese alguien o ese algo y por lo tanto podemos experimentar lo que viven, aunque estemos aparentemente separados

Retrocausalidad

Científicos han descubierto que la información también puede fluir del futuro hacia el presente (se puede ver el caso del porno que viaja en el tiempo, del investigador de la Universidad de Cornell, Daryl Bem). Aunque esta afectación del presente por algo que sucede en el futuro, o retrocausalidad, solo ha sido observada a una escala de milésimas de segundo, quizás podría indicar que los eventos supuestamente sincrónicos que experimentamos son en realidad transmisiones del futuro. Por ejemplo, soñar con una persona que nunca habíamos visto y luego verla, podría explicarse si lo que sucede es que ver a esa persona en el futuro es lo que causó el sueño. Como le dijo la Reina Roja a Alicia: “es una pobre memoria la que solo funciona hacia atrás”.

La materia oscura

De la misma forma que la materia invisible [la materia oscura comprende la mayor parte del cosmos] domina la evolución física del universo, el componente invisible de la psique —el inconsciente— domina la evolución psicológica. Sin embargo, el componente consciente de la psique juega un papel crítico, ya que el inconsciente muchas veces reacciona a él. Aunque nuestro interés en la conciencia del ego visible nos ha consumido, la psicología profunda claramente  nos ha mostrado que el aspecto oscuro e invisible de la psique —el inconsciente3 despliega una profunda sabiduría dirigiendo nuestra evolución.  Victor Mansfield, _Synchronicity, Science, and Soul-Making_

LEY DE LA ATRACCIÓN/GRAVEDAD

La ley de la atracción es un concepto metafísico que postula que lo similar atrae a lo similar y que ciertos pensamientos generan una respuesta del mundo objetivo. La ciencia considera que esto no tiene ninguna validez. Sin embargo, la “atracción”, podría ser una manifestación en un plano psíquico de la ley de la gravedad, la fuerza física invisible que ejercen los cuerpos en el universo atrayendo hacia sí otros cuerpos según su masa y su cercanía. ¿Gravitamos también hacia ciertas situaciones y haca ciertas personas? Navegaciones co-incidentes en un universo de correspondencias, de espejos que se abren y se llaman.

El Plan, el Patrón, el Destino

Algunas personas cree que el existe un plan divino en el universo, que éste ha sido programado por alguna entidad extraterrestre o inteligencia cósmica. Por momento podemos desviarnos de un camino trazado, magnético como el Punto Omega de Teilhard de Chardin, el Objeto Transdimensional de Terence Mckenna que nos “llama desde el fin de la historia” y por supuesto el Apocalipsis y el Rapto de la Biblia. Nos llamamos a nosotros mismos desde allende las estrellas, alguien podría decir. Todo está escrito y en palabras de Bob Marley: “We got to fulfill the Book”. Evidentmente esta es una visión no científica, aunque algunas escuelas de pensamiento científico consideran que es posible que el universo sea determinístico, que esté ya inexorablemente predeterminado por las leyes de la física –leyes que podrían en algunos aspectos mantenerse desconocidas.  La sincronicidad podría ser el ritmo que seguimos cuando seguimos este plan divino o evolutivo. Una alineación con el flujo que tiene preparado el universo (la parte transpersonal del ser) para nosotros.

Apofenia

La apofenia consiste en ver patrones y conexiones en sucesos aleatorios y es una de las formas en las que la ciencia explica la sincronicidad. Una enfermiza y paranoica concatenación de datos y eventos que no tienen una relación causal más que en la mente de quien los conecta. Algo similar a la pareidolia, donde vemos en la naturealza proyecciones de nuestra mente: como el rostro de Jesus en el ano de un perro o un dragón en las estrellas. Nos hemos arrojado ya bastante hondo en el agujero del conejo para regresar ahora, pero vale la pena también considerar esta posibilidad. Y, claro, decir aquí que evidentemente estamos locos.

SINCRONICIDAD: CUANDO ADENTRO ESTÁ AFUERA

Para concluir este tour por el mundo mágico y misterioso de la sincronicidad, queremos sacar la mente del cuerpo y distribuirla por el mundo, hasta que los sueños se materialicen. Jung entendió que:

La física ha demostrado que en el ámbito de las magnitudes atómicas la realidad objetiva presupone un observador,  y que solo bajo esta condición es posible un esquema satisfactorio de explicación. Esto significa que un elemento subjetivo se adhiere a la perspectiva del mundo del físico, y también que necesariamente existe una conexión entre la psique y el continuum del espacio-tiempo objetivo.  Estos descubrimientos no solo ayudan a la física a zafarse de los amarres de su mundo materialista, confirman lo que yo había reconocido intuitivamente, que la materia y la conciencia, lejos de operar independientemente la una de la otra, de hecho, están interconectadas de manera esencial, funcionando como aspectos complementarios de la realidad unificada.

Terence Mckenna, quien en varios aspectos continuó el trabajo de Jung, señala por su parte:

Una forma de pensar en esto es suponer que el mundo despierto y el mundo del sueño se han empezado a fusionar de tal forma que en cierto sentido aquellos críticos del fenómeno OVNI que decían que los platillos voladores eran alucinaciones estaban en lo correcto, en tanto que las leyes que operan en los sueños, las leyes que operan en el hiperespacio, pueden en ocasiones operar en el espacio tridimensional cuando la barrera entre ambos modos se debilita.

En el sitio FusionAnomaly.net encontramos esta definición:

La sincronicidad es la percepción consciente en una línea de tiempo fisiólogica de la manifestación simultánea del universo multidimensional. Es reconocer que todas las cosas son UNA sola cosa vista desde diferentes perspectivas. Mientras aumenta  la vibración resonante básica del sistema, la sincronicidad se vuelve más fácil de percibir dentro de la realidad experiencial. La sincronicidad  es también un reflejo de lo que crees que tu realidad es.

Aeolus Kephas escribió en su ensayo Escritores del Cielo en Hades:

Existe un juramento mágico muy conocido que dice “Prometo lidiar con todo fenómeno como si fuera un trato particular entre Dios y mi alma”. Basado en la creencia metafísica de que el Universo es “un espejo mágico” que constantemente refleja las condiciones internas de nuestras almas, este juramento también resume los postulados de la psicología existencial, como fueron encapsulados en la frase de Carl Jung: “Cuando un proceso interno no puede ser integrado, usualmente se proyecta hacia el exterior”.

Y la famosa canción de The Police:

If you act, as you think

The missing link

Synchronicity

Esto nos acerca, ya para terminar, a un aspecto práctico de la sincronicidad, la cual puede convertirse en una filosofía de vida. En un camino existencial donde los señalamientos son las sincronicidades (lo que los antiguos llamaban “la voz de la naturaleza”).  No debemos de considerar que toda sincronicidad es algo positivo —lo mismo pueden haber sincronicidades negativas—, pero sí que siempre nos están comunicando algo, que son una interfaz entre el universo y nuestra psique —en un posible proceso de disolverse en el universo. Aprendemos que la sincronicidad es una forma elegante y lúdica a través de la cual nuestro inconsciente logra salir al mundo y decirnos algo que de otra manera no podríamos escuchar y que tiene una secreta importancia para lo más profundo de nuestro ser. Es nuestra labor decodificar ese mensaje. Y si lo hacemos podremos sincronizarnos con nuestra individualidad en su máxima expresión, aquella que se desdobla de la totalidad, del espíritu. Estaremos, entonces, moviéndonos dentro del Tao.

Twitter del autor @alepholo 
Fuente: http://m.pijamasurf.com/2012/02/sincronicidad-el-significado-de-las-coincidencias-en-un-universo-espejo/